Tira levitas varios, 
próceres del reinado,
todo bien atado
y bien atado
de esta princesa, sus ovarios. 
Cacúmenes del periodismo
defendiendo la Regia postura
a la que miran con altura
y a Ella le da igual, le da lo mismo.
Juancarlada, pizpireta, toda rosa
toda prieta, de carnes flácidas
ante el juez, ¡Quién diría tal cosa!
De su marido, engañada, caída. 
Su tumultuosa majestad
de su padre, la potestad
sonríe galante ante la plebe
que con griterío proclama
¡Que pague lo que debe!
Y sí, luego, a casa de la Mamá.
Urdía Urdanga 
al que cariñosamente llamaba
planes y riquezas
como así hacía Su Alteza.
– Firma aquí, amor, es una ganga.
y ella por amor, que sí, que amaba. 
¡Ay! Estos por amores
¡Ay! Estos desatinos
¡Ay! Dinero que al rico da albores
y al pobre, sin destino. 
¡Ay! Nuestra aprincesada
¡Ay! Nuestras majestades
¡Ay! Cuánta cabeza agachada
a sus dábales y deles, amistades.
La Justicia, con la foto paterna,
ante el juez y los juzgados
de la mediática caverna
a su padre, bien astado.
Lo mira con desdén 
desde la pira posible
por mí, que le den
lo que sea factible. 
Ni una vez sola que nadie
agache la cabeza para saludar
al Rey, al Papa, ni al altar
por muy reinado que irradie. 
La Cristina está alegre
¿Qué tendrá la Cristina?
No ha nacido en pesebre
sí en cuna divina. 
Pronto otro gol gritará
el graderío y así todo resultará
que las regias posaderas
estarán ahí, quizás, más eras.

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