Me sonreías con tus bocas abiertas de par en par, de piernas extendidas dispuestas a mi amor inmediato, duro, eréctil, sonreías expectante y mirabas esa parte de mí que deseas impenitente. 
Me sonreías incluso antes de que te penetrase porque antes de hacerlo ya lo había hecho.
Lo había hecho a tu corazón
a tu alma
a tu espíritu
y a cada una de tus sustancias.
Sonreías a mi lengua que presta y presurosa
se contemplaba en tus labios verticales
y enjugaba sabores y amores tan 
imperecederos.
Sonreías cuando tus pechos bailaban 
a mi compás de amable
amante que te daba
lo que sabía sabias 
necesitabas.
Sonreías porque te venía el rayo
que fulminaba tu corazón
al compás de mí en tu cueva.
Sonreías porque tu lluvia orgásmica
venía a dar con la tierra de mi boca
para plantar cara a cada rosa
a cada luna de tu vientre.
Luego, sobre ti, no tenía más que 
penetrarte dura y dulcemente
y no parabas de sonreír.
Luego, sobre mí, agitabas el mundo
con tu baile y proclamabas tus “Ay Dios”
mientras yo sólo era preso de 
tus pequeños centímetros de cavidad.
Sonreías mientras besabas 
esa parte de mí tan vertical
y sonreías cuando por segunda vez
mi semilla se hizo 
árbol de fruto en tu garganta.
Sonreías al final 
sin dejar de sonreír
cuando mi “Ay Dios”
fue mi sonrisa 
para ti.

Un abrazo.

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