… Después de todo, es mejor dejarlo estar.
Días duros y cansados, todo el día manejando datos, exponiendo cifras. Apenas llegaba a casa par dormir.
Detrás del cristal estaba ella. Por las tardes tenía que seguir trabajando tratando de cuadrar balances.
No se miraban a los ojos, las veces en las reuniones evitaban, incluso, contradecirse o hablar a través de datos y cifras.
A ella le empezaron a llegar comentarios acerca del guapo que llevaba un tiempo trabajando para la empresa, había hecho amistades con algunas de sus empleadas y todas le hablaban de ese hombre tan serio y hermético.
Les llamaba la atención sus ojos y cómo pocas veces se relacionaba con el resto de emplados, sin embargo, entre las mujeres causaba sensación.
– ¿Te has fijado que nunca habla?
– Sí, está centrado en sus cosas… Creo que voy a intentar conocerlo mejor.
Algo dentro de ella se le revolvió.
– ¿Tú crees? Un hombre soltero, con un hijo igual te da problemas.
– ¿Lo has visto bien? ¡Es guapísimo y muy interesante! Quiero conocerlo mejor.
No pudo terminar la merienda, sabía que con lo que pasó no tenía derecho alguno de reclamar nada, era libre para dejarse conocer, sin embargo reconocía en sí misma unos celos horribles.
Pasaron unos días.
Tuvieron que reunirse de nuevo, lo llamó al despacho.
– Mire, sé que está haciendo un buen trabajo y que está más horas de las que la empresa espera de usted. Por eso lo felicito.
– Muchas gracias, confío que mi trabajo sea del agrado de usted y la empresa.
– También espero que en su vida personal todo vaya bien y que no interfiera con los objetivos de la empresa.
Ella lo miraba intentando ver más allá de su mirada, nunca pudo verlo, él sabía esconder bien sus emociones vio cómo le sonaba el teléfono.
– ¡Hola mi amor!
Ella sintió cómo su corazón se le aceleraba.
– No te puedo atender ahora, llámame cuando llegue a casa… Mañana cenamos, sí, sí, todo va bien, te quiero.
Le vio iluminársele la mirada, el amor que desprendía en cada uno de sus gestos.
Le dolió.
– Disculpe.
– Veo que le van bien las cosas.
– Sí, gracias.
Lo miró fijamente.
– Me gustaría que… En fin, te fuese todo bien, que nada de lo que ha pasado interfiera para nada en tu trabajo, sé que no lo hace pero es necesario que te lo diga.
– Lo sé. (Notó cómo ahora le hablaba sin el “usted”) Está todo superado, he rehecho mi vida, no te preocupes, agua pasada no mueve molino.
– ¿Sabes? Una vez pensé que…
– No te preocupes, ya lo que pasó, pasó, las cosas se quedan como están.
– Es cierto. Sintió taquicardias.
– ¿Algo más?
Día siguiente, vio cómo su amiga, compañera de trabajo hablaba con él.
Hora de la merienda.
– Hablé con el nuevo, me dijo que sí, que encantado de salir conmigo.
Silencio por su parte.
– Estoy contenta, me gusta ese hombre, es inquietante.
Hace años…
Estaban sentados en una plaza.
– Te amo, le dijo a ella.
– Y yo…
– ¿Sabes? Nunca he amado a nadie tanto como a ti.
– Te amo con todas mis fuerzas.
Se besaron.
Siempre pensó que sería la mujer de su vida.
Ella recordó las palabras que le dijo y le dolieron. Era joven, no era consciente del daño de sus acciones.
El universo a veces se conjura y nos deja sin saber cómo son los destinos.
– ¿De verdad? Le dijo. ¿De verdad lo hiciste?
Ella, entre lágrimas le dijo que lo sentía.
– No me lo puedo creer, no, no lo sabes.
Lo miró, de repente, le vio más canas, lo vio más viejo y cansado.
Ahora lo miraba desde el cristal del espejo.
Siempre bello, siempre hermoso.
Se le humedeció el sexo.
Fue al baño y lloró.
Reconoció que aún lo amaba.
No podía soportar que estuviese con ninguna otra.
Llegó a la casa.
Recordaba a su compañera de trabajo, cómo lo seducía, cómo se dejaba entregar por una conquista fácil… Se fueron juntos al salir en la oficina.
Vio su cara, estaba contento.
Esa noche lloró. Reconoció que aún lo amaba.

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