… pasaban los días normales. Hacía su trabajo, le dijeron de ir al turno de tarde. Lo agradeció, podría llevar a Jonás al cole y traerlo… Quería pasar todo el tiempo posible con él, sabe que una buena relación con su hijo hará que sea más feliz.
Todos los días la veía en la cristalera del despacho, él desde su puesto en la oficina podía verla en su trabajo. Siempre sentada cabizbaja en sus informes o hablando por teléfono tranquila o enfadada.
Durante el turno de tarde la veía más a menudo mientras en su ordenador seguía con su trabajo y los ratos más libres veía su Facebook y sus emails.
A veces cruzaban las miradas… En ese momento sabía que el universo se conjuraba.
A ella le empezaron a llegar los primeros comentarios del nuevo, un hombre educado y guapo y sentía como algo le ardía en el estómago. No sabía bien qué, pero cuando le hablaban de él se ponía nerviosa.
Se acordó, de repente, cuando él le dijo al momento de conocerla, de verse en otro momento, lo recordaba tan jovial, alegre, divertido… Recordó cuando él, de repente, sin música, en medio de la calle la agarró a las manos y bailaron en el silencio del paseo nocturno de la ciudad que da al mar.
Recordó que la llamaron varias veces, era aquel…
Recordó que fue esa noche cuando tuvo miedo al amor, él la miraba con ojos profundos mientras hablaban de lo divino y lo humano.
Recordó que esa noche no pudo dormir y su sexo estaba muy húmedo.
Como la vez de la entrevista.
Pasaban los días, ella recibía sus informes, siempre correctos, sin fallo alguno pero vió que había algo que no cuadraba en las estadísticas económicas. Siempre ha hecho un buen trabajo, pero esta vez no es posible que se equivocase.
No era posible que bajo su dirección hubiese errores y este era el más grave.
Lo llamó, se resistió a hacerlo siempre que pudo, pero ahora sí era necesario.
Entró.
– Sí, dígame.
– He estado viendo sus informes y el último no puedo aceptarlo.
– ¿Por qué?
– Fíjese bien, no puede ser este error en las cifras económicas, eso significaría que bajo mi dirección alguien está robando.
– Las cifras que pongo y los estudios son correctos.
Ella notó cómo se iba enfadando poco a poco, recordaba lo que le decían sus compañeras  y hoy él estaba con esa belleza que le gustaba de siempre.
– No, ¡No pueden ser ciertos!
Le gritó.
– Le aseguro que lo que he hecho es con todo el rigor, no hay datos incorrectos.
– ¡Imposible! ¡Estás equivocado!
Ella le gritaba cada vez más.
– No lo estoy. Trataba de mantener la calma, su profesionalidad es indiscutible.
– ¡Lo estás, mira los datos de la página!
– Sí, aquí están y la explicación también la tiene.
– ¡No y no!
Gritaba más fuerte aún.
Justo en el momento en el que estaba detrás de ella para enseñarle los datos erróneos.
Le gritó.
– ¡Coño, no es así, todo es cierto!
Le agarró involuntariamente los hombros.
Ella se estremeció.
Recordó el primer beso que se dieron.
Ella lo miró…
Él vio en su mirada reproche.
– Lo siento sigo con mi trabajo.
Ella estaba nerviosa, hizo el “gesto” que la delataba.
– Esta bien vaya a su puesto. Avíseme de cualquier novedad.
– Oye… (Como le decía de siempre para algo importante)
– Ya te dije que no…
– Oye…
– ¡Tráteme con la distancia debida!
– Lo siento.
Se estremeció, empezó a oler diferente, su cuerpo estaba excitado, temblaba…
– Mañana hablaremos, vaya a su sitio y mañana haremos una reunión.
– Lo que usted diga, veo que sigues igual, te pido de nuevo perdón por agarrarte tan fuerte… Por todo… Haz lo que creas conveniente, no soy el mismo hombre, los datos son correctos, cuando quieras perdonarme me quitarás el peso de encima. Ya no soy el mismo.
– Retírese… Mañana nos reuniremos.
Esa noche, ella, no durmió.

Un abrazo.

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