… Corría desnuda en medio del bosque. Cada átomo se vió impregnado de su naturaleza salvaje, primitiva. La naturaleza es sabia, como mujer, sabe cuándo la mujer es y está mujer.
Una mujer corría desnuda por el bosque. Aullaban los lobos, la luna estaba preñada. Todo se conjuraba para que esa mujer amase cada poro de su piel que bañaba la incipiente lluvia.
La mujer corría feliz, cada pisada era flor germinada y pronto tendría la belleza del sol.
Una mujer se hacía plena con el conjunto de las Madres Naturales, el lado diferente.
Siempre las temieron, por eso las quemaban.
Siempre las temieron, por eso las encerraban.
Siempre las temieron, por eso las acusaban.
La mujer corría feliz no había tiempo, todo se conjuraba con el fin indistinto.
La mujer asistía a muchos partos.
No hay nada más hermoso que una mujer preñada.
Porque preñada es natural, es primario, primero, primitivo, cautivo de su primate.
La mujer siempre supo, sabía, sabrá.
Engendrar sabia nueva.
Cada orgasmo de cada mujer es una ola marítima, es la reencarnación misma de Siddharta.
Los hombres, simples, bebemos como peces necesitados del líquido el orgasmo de cada mujer, así es. Así sea. Amén, Amón.
María fue la mujer bíblica que supo qué era el éxtasis neural de la posesión lesbiana de Dios.
De su ángel.
Nos humillamos, hombres, ante la fuerza poderosa de la mujer.
Siempre reencarnada.
Ellas dan la vida, ellas dan el alma.
Una mujer se sabía sabia. Andaba sin parar por entre los árboles… La semilla quería fecundarse de sí misma.
Siempre quise a esa mujer.
La que me aparece en sueños, la que me sabe saber. La que me inmola en cada emoción besada.
Esa mujer es también la mujer que uno tiene adentro.
Esa mujer es la que es presa de la punta gorda de mi polla.
Y la hace de ella, dulcemente, con ojos pícaros.
La que supo darme ese placer y me hizo casi obsceno de Dios.
La que al unirse a mí, sexo con sexo, penetrándola duramente, mientras la miraba a sus ojos profundos gritaba poseída por la Naturaleza primigenia.
Yo sólo alcancé a saber algo, pequeño.
Ella se daba a través de mí el orgasmo.
Y yo,  dentro de ella, grande en su movimiento circular.
Procurándose la delicia de nuestro placer.
Se corrió, corrió como siempre hizo.
Volvió al mar, a su mar, a su encanto.
Vertió varias veces en mi polla, en mi boca.
Todo el amor que pude beber.
Esa mujer transformó cada líquido de mí.
En nuevas mandrágoras.
Dios me supo bien.
Me regaló el mejor regalo.
Su sexo húmedo.
Cuando se fue… El universo volvió a estar tranquilo.
Porque amé y nos amamos. Brevemente.
Cuando salió de aquí, sonriente.
Volvió a correr en el bosque.
Me dejó con todo lo nuevo en mi pecho.
Sonreí feliz por ella.
Sonreí feliz por mí.

Un abrazo.

Anuncios