… Al teléfono del imposible.
Estaba comunicando,
rebuscó entre los contenedores
los estaban vaciando
hoy no habrá tenedores.
Rezó a un Dios bondadoso
desde el Alfa al Omega
limpió su cruz de pega
no se volvió más cuidadoso.
Maldijo a todo lo que dijo
regurgitó más amaneceres
desde el poder de los próceres
al murmullo de los silentes
no se volvió tan prolijo.
En el Ave María, en la Pascua
y la redención
ni a la procesión
de las palabras de su lengua.
Ni en el momento ese, cualquiera
donde había otra acera
que dormir y levantar
ni vino, ni rosas, es su lugar.
Al barrunto del despropósito,
sentirse ignorado por el personal
cada quien, cada cual
le echaba un par de céntimos, sin delito.
Tuvo hasta una vida anterior
donde amables amantes
besaban sus cuerdas vocales,
lo llenaban en la ducha de sales
como era de rigor
se mantenía distante.
Sí, tuvo eternos concisos
peluches en la cama, de niño
al abrigo del cariño
de una sin madre, de pelo liso.
¡Deme algo, por favor!
Pedía inclemente,
a la gente, dulcemente
tuvo alguna que de otra moneda, fulgor.
Así, tan claro como el agua pedida
respondía con un “Gracias primo”
tendrá para un poco más de bebida
(A ese sé que me arrimo)
La inclemencia de la calle
– Y mira lo que he sido –
(Chacho, tío, no me ralles)
con el destino que he cosido.
Así, cada día
se reproduce la tristeza
de seres que comen porquería
sin más que volver a la misma certeza.

Un abrazo.

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