Zoarcast tenía hambre, dio el primer grito. Su madre lo amamantó.

Tenían planteado los políticos del municipio, debido a la escasez de medios, cerrar la Cárcel de menores “Puntallana”. Además, se sentían sobrepasados por la cantidad de suicidios que se produjeron en los últimos años, demasiados.
La asociación que contrataba a los trabajadores  ya no recibía las subvenciones debidas por parte del Estado, la crisis hacía mella, incluso, a este sector.
“Puntallana” tenía dos pabellones, A y B. A los familiares se les hacía un minucioso chequeo, claro, que no sabían los ardides para esconder todo al llevárselo a sus hijos.
Hachís, cds, medicinas.
Había una división de celdas en cada pabellón, un patio central fuertemente vigilado por guardias de seguridad y cámaras.
Salían los menores a jugar al baloncesto mientras los educadores y la seguridad se relacionaban con ellos o vigilaban desde el “Centro de mando”.
Luis Alberto siempre estaba quieto en su esquina.
– ¡Es mi esquina! Decía mientras daba un puñetazo a quien quiso sentarse ahí.
Después de que se enterase Beatriz Corredera de lo sucedido en el instituto casi se sintió morir, el incendio de la noche pasada, ver a su hijo desnudo dando gritos , como poseído, entre las llamas, quemando el jardín gritando: “¡Silencio, silencio, sobran palabras, sobran palabras! Arrrrrrrrrrgh…”
La policía fue a buscarlo y le dijeron todo, se sintió morir, ver que a su amado hijo le ponían las esposas sin resistirse, en su estado de “nube” que era como definía una de sus ausencias.
El juez no lo dudó, fue un juicio rápido, después de ver a la madre de su compañero de instituto destrozada porque su hijo jamás volvería a caminar, las pruebas, el fiscal que atacaba con dureza, el abogado de oficio que no podía hacer más…
Inevitablemente, fue a la cárcel de menores “Puntallana”.
Allí pasaban los días apacibles, debido a su estatura y peso nadie se metía con él “El loco de la cabeza rara y la cara rajada”.  Nadie le decía nada…
Luis miraba sin mirar todo el patio hasta que de repente, algo le llamó poderosamente la atención, un pequeño pájaro se posó delante de él, picoteó algo en el suelo y lo miró.
Se fijo en él.
Sus ojos se encontraron, la pequeña criatura y sus enormes ojos oscuros.
El pájaro piaba fuerte.
Luis extendió la mano y el pequeño pajarito se puso en ella.
El pabellón A tenía más internos que nunca.
Luis dio un golpe en la tierra con su mano izquierda, escarbó, sacó una pequeña lombriz y se la dio al pajarito.
Al día siguiente fueron dos pájaros.
Volaban donde él, lo miraban y les daba lombrices o semillas, lo que él supiese que había en su esquina.
Cuando al tercer día hubo pájaros y mariposas a su alrededor, todos los del pabellón A le miraban inquietos, esperaban la hora de “los animales”.
Luis Alberto Romano Corredera tenía sensaciones que no podía definir, se parecen a aquellas a cuando su padre le dijo “Pero qué guapo eres, hijo mío”.
Siguiente día, todos los presos del pabellón A se sentaban a su alrededor.
Todos los días, 16:00 horas.
El séptimo día del séptimo mes de su ingreso.
A la hora de los animales se acercó un pájaro diferente, se puso muy cerca.
“Es distinto, pensó”.
Se miraron, como siempre, como el resto de los animales.
Cayó hacia atrás…
Vio a una criatura horrible que lo miraba muy de lejos.
El pueblo eterno, bañado por el mar que corrompía.
El abuelo muerto.
Su enemigo.
La guerra.
Habló con todos los que estaban a su alrededor, espantó a ese pájaro extraño mientras los demás estaban quietos él gritaba:
– ¡Sooooooooooooooooobrrrrraaaaaaaaaaaaaaaaan paaaaaaaaaaaaalaaaaaaaaaaaabraaaaaaaaaaaaaas!
Zoarcast dio un grito de pavor.

Año 1910.
El nacimiento.

Un abrazo.

Anuncios