Teodoro y Juan nacieron el día del eclipse lunar, cuando la tierra tembló, y sus destinos estaban fijados por el mismo signo, contagiados por La Criatura el año 1910, uno, en El Valle, otro, en Las Nieves, uno a las 12 de la noche, otro, a las doce del medio día…
No era corpóreo, se dirigía a cada tiempo y espacio desde cada estrella y planeta, a veces, se antojaba de sitios donde alimentarse y crecer durante miles de años.
Estaba preñada, tenía que parir cuanto antes, ocurriese lo que ocurriese.
Va a nacer, lo veo, inmediato, 2000 años preñada, se va a cumplir.
Zadirn fue la amante de Soahn, bello, alto, imperfecto, se dejó cautivar por la negrura de su corazón y lo azul de sus ojos, sabía que Soahn estaba en la edad de la procreación antes de morir, destino de los machos que vivían siempre menos que las hembras y luego, devoradas por ellas, tenían un poco de sí en sus criaturas.
Ese encuentro, primero y último fue la que le dejó la marca, la potencia de la vida de su vientre.
Aún no sabía dónde expulsar a su criatura, tenía dolores.
En todo el universo que su raza conocía sabía que cada parto era la provocación del desastre de cada momento de vida y evolución.
Era imposible que naciese en el vacío, se condenaría a una muerte prematura.
Zadirn habló con su abuela, Paxis.
Ella le sugirió un sitio en evolución, un lugar candente ahí su hijo nacería.
Pero ten cuidado, tu simiente no es buena. Su padre fue el bastardo de un bastardo, destruirá poco a poco lo que encuentre a su paso, desde que nazca, morirá todo aunque todo vuelva a renacer.
Zadirn, que no conoció a su madre, vivió con su abuela desde que fue engendrada. Su padre, naturalmente, había muerto.
Viajaba como espíritu desencarnado por todo lo que sus mil ojos conocían, la parte del reverso del universo que podía llegar a comprender.
Cierto, había un lugar.
Las montañas se conjuraban con el mar y sabía de sus futuros posibles, de sus próximas vidas.
Una explosión fue devastadora.
Parió entre inmensos dolores, cada grito fue la destrucción de una parte de lo hecho.
Cuando nació la criatura desnombrada en frente a este trozo de tierra, debido a su grito, se desprendió una gran roca.
Zadirn lo vio venir, por esto, por el golpe, le quedaba poco tiempo de vida.
Zoarcast nació.
Tuvo que ponerle un nombre para que viviese, la madre acogió a su hijo.
La isla de enfrente se desprendió cuando Zoarcast dio su primer grito de hambre.
La ola recorrió un tiempo y un espacio finitos hasta que llegó a lo que sería luego, “El pueblo eterno” Donde estarían Teodoro y Juan albergando generaciones futuras.
Cuando llegó a la isla habitada por los espíritus indecibles, aplastó todo, mató todo, destruyó todo.
Más tarde descubrirían Zadirn y Zoatcast que la ola era su abuelo.
Zadirn era la bestia bella.
Su padre, su hijo eran herencias.
Ella no, tuvo una buena abuela, una buena madre.
Todo quedó destruido por el grito de su hijo.
La ola llegó lejos, se retiró y comenzó la vida.
Durante años, lo amamantó.
La naturaleza no mira dioses, ni arcanos, ni humanos menores, sabe que un hijo ha de ser amado por su madre.
Zadirn no se sabía tan segura de lo que las leyes decían.
Su hijo era un Destructor.
Años después Luis Alberto Romano Corredera ingresaría en el pabellón A de la cárcel de menores.
Un abrazo.

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