… no paraban de sonar.
No podía dormir.
Tenía una marca en el ojo izquierdo que le daba una apariencia de ser malvado y cruel.
Quería quemar el jardín, más “Cri, cri, cri” ¡No!
Quemar el jardín.
Es una idea que le pasaba por la cabeza.
Desde muy niño se dio cuenta de que no era igual que el resto de los demás, detrás, por encima de la nuca era diferente, tenía una deformación, sólo recordaba varias operaciones.
Mamá siempre me decía que fuese bueno, que no le pegase al resto de los niños.
Que entendiese.
Cri… Cri… Cri…
Grillos, grillos… No puedo dormir, Dios, haz que se callen.
Volaba su mente.
Hoy, en el instituto un niño le dijo “Hijo de puta”.
No pudo parar, reconoció el ruido.
Los grillos.
Mamá.
– ¿Qué dijiste?
– Eres un hijo de puta.
Se quedó en silencio, no sintió nada de lo que haría posteriormente, sin temblar nada.
Mamá siempre ha sido buena conmigo, mamá es mi amiga, mamá siempre me ha querido, me ha protegido.
– ¿No respondes, hijo de puta?
Estaba en silencio, apenas le latía lento el corazón.
Mamá trabaja, llega tarde.
Mamá lucha por hablar con papá.
Cri… Cri… Cri…
Había grillos en ese momento, sonaban.
Era de día, pero sonaban.
– ¡Es un hijo de puta cobarde!
Cri… Cri… Cri…
Silencio en su mente.
No sintió el más mínimo arrepentimiento por la noche.
El instituto tenía una tarde gris, casi oscura, a veces los días se ponían así.
Cri… Cri… Cri…
–  ¡Ja ja ja! Miren al hijo de puta en silencio, miren al ojo de raja.
No lo pensó dos veces.
Luis Alberto, con un silencio y velocidad impropias de su edad cogió una silla, la alzó.
Parece que escuchaba a mamar decir: ¡No!
A papá decir ¡No!
Al abuelo ¡Sobran palabras!
Cri… Cri… Cri…
La noche, la duda de qué diría mamá cuando se enterase.
Rompió la silla sobre la cabeza del que le insultaba, cayó al suelo, fulminado.
Nunca volvió a caminar.
Luis Alberto supo qué era estar encerrado.
La cárcel tenía dos pabellones…

Un abrazo.

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