… Lo tuvo claro, desde muy joven quiso ser madre.
Pensaba mientras, sin remedio, remendaba los pantalones de Luis Alberto.
– La cosa no está para ropa nueva.
Luis Alberto Romano Corredera andaba con la Play Station, de esos pocos regalos que su padre le había hecho, el niño lo miró con esa felicidad que tienen los niños ante las nuevas tecnologías.
Poco a poco seguía remendando ese pantalón, uno de los otros que le quedaban.
Se lamentaba de la vida que había llevado, sacaba buenas notas en la escuela, era de las más prometedoras en el dibujo y matemáticas. Siempre tuvo la inteligencia a su servicio.
El café ya humeaba.
Heredó de su madre la tensión baja y la mala hostia de su padre.
Esa manía de su padre de no ser serio en nada, dejar que todo pasase sin pena ni gloria, cuando había trabajo, vale, cuando no, vale también. “Dios da, Dios quita, en medio, yo”.
Así pasaban de un estado de abundancia en la nevera a no tener ni qué comer.
No era mal padre salvo cuando empezó con el vino diario.
Ahí salió otro hombre.
Empezaron los maltratos y las ganas de huir.
A por el segundo pantalón, Luis Alberto está tranquilo.
Soy joven y hermosa, pensaba, pero se echan atrás cuando saben que tengo un hijo y un ex marido que está como está….
Mira que enamorarme de un pendenciero enamorado de otra hasta las trancas. Todo por una noche de soledad y de huir de casa.
Decidió que el siguiente pantalón debería estar cosido con un trozo de tela, en la parte de adentro, es demasiado grande el agujero.
Cuando se miraba en el espejo del pequeño cuarto de madre soltera, de mujer soltera, de mujer independiente y veía su vientre nada pronunciado y los pechos aún mantenidos en su sitio, se decía que tenía que recuperar el tiempo perdido.
Le asaltaba la preocupación, la medicación de Luis Alberto,  a veces se quedaba mirando para el vacío y decía cosas que no conseguía entender.
“Sobran palabras” era la frase que más repetía. Se le erizó la nuca cuando una voz que no le pertenecía lo repetía: “Sobran palabras”. Sólo lo hizo dos veces en sus ataques.
Tercer pantalón. Se van a quedar como nuevos.
Su madre siempre estaba en silencio ante los abusos de su padre. Una vez leyó que la unión de padres e hijos es una casualidad biológica, no siempre sale bien.
Lo adoraba de pequeña, tan grande y fuerte, con ese pelo negro que nunca se quedó canoso.
Pero aprendió los golpes y los insultos.
La primera vez que escuchó la palabra “Puta” sin saber qué era, sabía que era feo, algo raro, algo relacionado con los pelitos que le salían abajo.
Terminó con todos los pantalones, Luis Alberto la miró.
– “Sobran palabras”.
Un abrazo.

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