Juan José Romano le sacaba punta a su lápiz para practicar de nuevo la escritura. Se recordaba en tiempos de agilidad con los dedos navegando por la web y escribiendo previo pago a chicas para que le mostrasen las tetas por web cam. Su mente era un cúmulo de recuerdos de la infancia, odiaba su apellido.
– “Romano”, recordaba, ¿Trajiste las tareas de casa? No soportaba a Doña Ana, la maestra del colegio que siempre gritaba y cuando por su natural acercamiento a los planetas extraños desde el pupitre de clase era detectada por la maestra, ella, con sadismo, lo regresaba a la tierra con un “¡Romano, ponte a estudiar, mira que te doy un bofetón que te tiro lo que te cuelga”.
Ya se empieza a asomar la mina del lápiz.
Juan José Romano se maldijo a sí mismo cuando su ex mujer, Beatriz Corredera, le dijo lo de la paga para el niño, seguro que se dejó preñar para conquistarme, maldita noche de mierda y maldito alcohol.
– La paga apenas me llega para pasarte la manutención de Luis Alberto.

– Lo sé, pero tenemos que comer, es tu hijo, ni siquieras quieres que te vea.
– No en este estado.
La mina del lápiz sigue apareciendo, todo un éxito, poco a poco.
Juan José Romano se recordaba erguido, conquistador, con sonrisa pícara, conseguía a todas las mujeres menos a una, la eterna, Ella, con su sonrisa inconfundible y la hermosura en cada pliegue de su rostro.
Seguro que todo hubiese sido diferente si su valentía no se acobardase ante sus labios para decir cuánto la amaba.
Seguro, sí, seguro que todo hubiese sido diferente.
Ahora ella sigue con sus locuras y con el corazón repuesto después de que se lo mordiese.
Hace años, antes de que todo diese un vuelco, Juan José Romano, trabajador, algo embustero y pícaro, sacaba el dinero siempre de donde fuese, vendía una montaña a quien fuese con tal de sobrevivir. Tenía ese “Déjame entrar” que encantaba a las serpientes y toda clase de fauna.
El lápiz está casi afilado.
– Lo que yo era y lo que ahora soy, maldita sea mi estampa.
Vivía en una casa modesta heredada de sus padres y con el acuerdo de sus hermanos de que se la quedase, no pagaba alquiler, claro, vivía con algunos ahorros y la ayuda estatal. Así iba tirando.
– ¿Cómo coño quiere que me ocupe del dinero de mi hijo si apenas puedo pagar a la asistenta para que me limpie el culo?

Continuará si se me apetece.

Un abrazo.

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