Conocí a una mujer de piel de tierra
de cara pétrea, de alma dura
luchadora, fuerte, oscura
de otro mundo, de otra sierra.
Tenía todo claro, qué vivir y cómo hacerlo
qué reír, qué llorar, descubrir misterios
aprendí de ella la rabia, ser más serio
vivir, morir, el sexo sin merecerlo.
Sus curvas me volvieron imprudente
hasta que mi padre, amado padre, me dio la clave
de cómo sentir esa pasión de aire, ave
me iluminó, como poco, de repente.
Admiré algunas de sus entrañas
su forma de amar, sus malas mañas.
Creí de ella, que era compatible
a mí alma volátil, fue imposible.
No volábamos a la misma altura
incluso acabé harto de sus desplantes
salió un sol que no había en mi cintura
que de tanto quemó, de tanto radiante.
Supe de ella a tender la ropa
a limpiar el polvo, pasar la mopa.
A saber indefectible lo que no quería
a saber lo que jamás, jamás, jamás sería.
He pensado en esa mujer de tierra
cómo adoré sus movimientos de cama
cómo huía de su continuo drama
de su tristeza, de su siempre guerra.
He pensado en esa mujer elemental
profunda, maravillosa, letal
tanto, tanto, tan real
tan tierra, sin ella, me veo más vital.
Fue maravillosa a su manera
pero prefiero el bendito equilibrio
entre lo sutil del paso de mi era
y el presente mágico, la vida, el brío.

Un abrazo.

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