Conocí a una mujer de pelo de fuego
de alma cándida y sonrisa amable
amable como ella y yo, de alto ego
de sexo amante, poderoso, asfixiable.
Conocí una mujer elemental para mi vida
para la vida de todas sus camas compartidas
de sus idas y venidas
me colgaba a ella, como su fruto, a sus ramas.
Esa mujer de fuego, sin dramas,
amaba mi pelo y mis malas formas
me succionaba el alma como norma
mi música, mis letras, mi mala fama.
Adoré a esa vikinga diosa
que me dio placeres infinitos
me dio vino a litros
de lo que le pedí, cada cosa.
Adoré sus pechos, sus nalgas,
su sexo placentero
sus gritos, gemidos, su mundo entero
como del mar, sus algas.
Me vi inmerso en el placer de los sentidos
ya no hubo silencio, del placer, siempre ruidos.
Ella me amaba, lo sé
como un idiota, me fui, la dejé.
Ahora echo de menos sus rizos
su forma de llorar, sus anhelos
todo lo que me hizo…
Mi egoísmo de sus desvelos.
Preferí hacerlo, no era para mí, el amor
que yo busco tras mis trazos
es mejor alejarse, sin dolor
y dejar vacíos mis brazos.
Mujer de fuego, aún tengo cicatrices en mi espalda
de sus uñas, de sus besos, de sus maravillas
de su amor, de su deseo, de sus orillas
que lamían mi solitario mar que aún guarda.

Un abrazo.

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