… entra por la ventana, pongo la música que hace sumergirme en el interior donde las palabras están prestas a amarse, amarlas.
La lluvia limpia el lunes de domingos desamados. La lluvia limpia el mar de suspiros ahogados. La lluvia amansa a las fieras.
¿Cuántas veces necesitamos morirnos para renacer? ¿Cuántas veces nos sumergimos en la basura de nosotros mismos hasta despertar?
Cada gota lleva un nombre impreso, un gen dispuesto a regarse.
Cada gota lleva miles de espejos de personas, ha sido nube formada de formas que llegan a la tierra.
Cierto, luego voy a que me llueva.
En este momento mi vida es un desastre.
Las ropas no quieren ponerse en su sitio, la comida no quiere ser comida, mi salud creo que está resentida conmigo, mis ojos están poco luminosos.
Recuerdo que me dijeron:
– Helio, para ti es difícil encontrar a una mujer. Me dijo en medio de muchos rones.
– ¿Porqué?
– Eres demasiado especial, no hay mujer para ti.
Me dijo entre la idealización de mis escritos.
– No me digas eso, con lo que me gusta follar.
Le dije para romper el ideal.
Un pequeño descanso para la lluvia, estoy desnudo escribiendo, las ventanas abiertas, me da igual que me miren.
Recuerdo la lluvia de Agaete, fresca, limpia, inunando el barranco y el mar.
En Agaete el fresco tenía olor a tierra mojada y flores abriéndose.
En Agaete había infancias debajo de las piedras y las olas lamían la orilla incesante.
Luego jugábamos mi hermano y los amigos en el barro, las acequias estaban llenas de ranas.
Aquí, en Las Palmas de Gran Canaria las calles se llenan de coches.
Mientras la lluvia deja un pequeño descanso como si alguien dejase de ordeñar a las nubes quiero que siga lloviendo.
La lluvia es un enorme orgasmo de mujer.

Un abrazo.

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