… de cada alma hay un alma superior destinada a grandes cosas. En el centro de cada galaxia hay un planeta minúsculo lleno de inmensa vida. En el centro de cada corazón existe la voluntad indisoluble de existencia entre todo lo que nos rodea. El planeta es el centro de un corazón aún mayor.
Andamos perdidos en cada centro de nosotros mismos, en cada instante de cada revelación explotan galaxias enteras, cuando miramos al cielo y vemos ese destello que reconocemos, nos damos cuenta que han pasado millones de flores.
Cientos de nubes han mirado la tierra desde el año tres mil a esta parte, hasta este instante en el centro de cada segundo, de cada átomo, de cada roca y mar.
En el centro de La Isla hay un corazón latiendo que desea salir lleno de fuego líquido y rabia contenida, es ahí donde empieza todo…
Hace mil años antes de la exploración de un pie descalzo sobre la consagración del mundo, un ronquido sordo de justo antes de despertar, se escuchó desde la Isla de Enfrente y una enorme roca tiró pequeñas y diminutas vidas creando la enorme ola que quería barrer con todo.
La ola quería lamer todo lo frío y caliente que estuviese a su paso aunque supusiese la destrucción que conlleva el cambio necesario de todo lo hecho, porque su centro lo pedía.
Fue la primera colisión, tardó poco rato, apenas nada en el devenir del universo, sólo treinta minutos para llegar al Pueblo Eterno donde vi nacer mis primeras ilusiones.
El paisaje que estaba hasta entonces formado mudó y del silencio, se hizo viudo.
Quizás lo vi en sueños hace una eternidad cuando sólo era la constelación que atisbaba un futuro nacimiento de mi alma.
La ola llegó, destrozó todo lo que sintió que debía romperse y la tierra de Agaete quedó impregnada finalmente del trauma que recogeríamos años después y que veríamos en sueños de inundaciones, barrancos que corren hacia arriba y la personalidad que nos forma la tierra.
El trauma nació en el centro del furor de la ola en el centro del rugido del tsunami, en el centro del alma de la tierra justo cuando la estrella nos iluminaba.
Luego la tierra se quedó impregnada, impresa, llena de esa rabia y canalizándose llegó hasta nuestro corazón.
Pero no todos los corazones son fuertes y si un día estuvieron descalzos por el barranco del pueblo fue suficiente para dejarse atrapar por esa energía telúrica que arde en cada gramo de arena, de plantas, de animales ya convertidos en parte del suelo.
Así nació el trauma, así nació el drama, así nos conformó la ola, en el centro justo en el centro de hace miles de años, hasta ahora, la ola sigue rugiendo en cada corazón que de Agaete siempre ha sido.

Un abrazo.

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