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La primera vez que besé tus pechos escupí sangre
preparé mi lecho de rosas y velas, no fuiste feliz
por tu culpa, por mi culpa, por nuestra gran culpa
tuve sed, pasé hambre,
todo tornó en nada, de nada sirvió el Caliz.
Era mi lengua la que lamía tu sin mi hijo
y tu negra piel palidecía permisiva pronta
a recibir cada uno de mis besos prolijos
para mi pesar, ni tan siquiera, quedó mi impronta.
Quedan aún en mis sábanas tus pelos,
el vacío de mis dones quedaron entre tus manos
ni tu olor, ni tus rasgos, ni tus arcanos
fueron sólo presa para ti, de Eros.
El sin sabor de tus amarguras fueron mi día tras día
pocas hubo en esta casa de tus sonrisas
mira que te me di mis tristezas y miles alegrías
pero excomulgada estabas como pecado en la misa.
Drástica nubes, drástica raíz, tú eres sin término medio
por tu pasado perdiste mi presente
ya sabes que de mi nombre, hay un regente
como te conocí, quedaste igual, no lo vi, ¡Qué tedio!.
No fui capaz ni fui valiente de dejarte a pesar de todo
todo por  una vez tras otra amarte ,
para que mi amor fuese capaz de cambiar el modo
de darte, de darte, de darte, de darte.
Me quedo con todo lo bueno que tuve de ti
los buenos ratos, es lo más sencillo
de la canción que te compuse, el estribillo
en medio del éxtasis proclamo ¡Cuánto te amé, Astrid!

Un abrazo.

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