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… recogiste a lo largo de estos cientos de años la esperanza de ser conmigo. Desde el epicentro de tu vientre, hasta la melodía de cada día, cada palabra en cada escrito, estaban llenas de lo que tú eras.
Tú estuviste llena de transiciones inevitables, de constelaciones estrelladas, de mundos habitados. En medio de todo, en medio de esa alma, en medio de tus pechos se recostó lo que tú veías.
Tus ojos invitaron un acercamiento fugaz y recogieron lo absoluto del sol de mi nombre.
Así empezó todo.
Tú, que me diste lo que sabías, lo que podías, lo que habías aprendido, la prudencia del abrigo en invierno, de la brisa en verano, te invité a transgredir, a sumergirte conmigo en muchos momentos, luego, a calentarte en mis brazos, bajo mi recreo.
Tú, llena de risas de mis labios de claves de sol, claves de mí, sabías entender que la experiencia te podía mantener viva aunque siempre te invité a vivirla de nuevo.
Tú recorriste las líneas de mi mano con tus dedos adivinando un futuro incierto pero no supiste descifrar que mi corazón latía con cada uno de tus parpadeos.
Tú, lo que tú eres, siempre lo amaré, aunque tú seas presa de otros brazos, aunque yo ame como nunca amé y mejor de lo que te amé, siempre te seguiré amando, por lo que tú has sido de mí.
Manejabas el barro y le dabas vida y forma a la tierra que te daba de comer y precisamente, fui modelado a tu gusto hasta que aprendí a ser yo de lo que tú eras.
Cierto es que tú, a tu modo, a tu forma, fuiste sabia, eterna, en lo que de entre mis ojos cabía ver, como un árbol frondoso que da sombra.
Tú, dueña de estas letras que ahora pienso y estoy pariendo, pretendo que tú te seas y que ahora yo me sea más.
Ahora, cuando en esta noche llena de mar y de luces en las olas, camino, sé que tú en estos días te has acercado a tu pasado con lo que yo de tú era, me has pensado y con el recuerdo de mis canciones has sucumbido a mis labios invisibles.
Ahora, cuando te veo acostada en la cama, desnuda, con el rostro cubierto de luz naranja, me centro en las lágrimas que licuan mis ojos y torno a, una vez más, hacerte el amor mientras te digo que te amo.
Ahora que tú eres el vacío de estos instantes me rindo ante el encanto de morir mientras lamo tu cuello y sonríes.
Tú supiste seducir los minutos que pasaron para que tejieran las horas vivas de tu respiración, tú soñaste que íbamos desnudos por tu pueblo de luz pasada, tú caminaste entre los barrancos de mi pueblo interno.
Ahora tú duermes y mi calor se esfuma de tu sueño, pero despertarás con el sonido de mi risa.
Y dirás: “Tú…”
Es lo que tiene no aceptar la muerte.

Un abrazo.

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