Etiquetas

, , , , , , , , , , , , ,

… siempre fue él, siempre estuvo presente en tu vida.
Cuando veías a otro por la calle, era él. Una constante, un leit motiv, un recurso obligado, una experiencia marcada, una seducción constante.
Todas las narices eran de él, todos los besos y los labios de sábados a oscuras.
Él era la música que sonaba, la escala menor melódica.
Pero brotar en nuevos aires es difícil. No sabes bien si estás triste porque el cielo está nublado, no sabes si el cielo está nublado porque él no está.
Conducir en el coche sin su mano sobre tus muslos, pasear por las oscuras calles de los pinares y escuchar las risas de los pájaros suenan como ecos lejanos ya que no son acompañadas de su risa.
A veces no hay más remedio que claudicar, rendirse ante la vida, ante los sentimientos encontrados, ante el vacío del alma perenne, ante la idea de que sus ojos no volverán a decírtelo más.
Aún guardas sus fotografías acompañando tus momentos turbios de deseos de ternura de voces lejanas de una contínua lucha en tu alma entre lo que quieres y lo que es, lo que crees que llegará a ser.
Él siempre fue una constante en tu vida, los mismos gestos, los mismos rasgos, la misma forma de observar la realidad desde el punto de vista más allá de lo obvio.
Piensas bien que no sabes si volverás otra vez a él, si la imagen eterna de lo que él ha sido, es, será, volverá a sacudir tu cama, a enterrarte entre las sábanas y los arpegios del horizonte al amanecer.
Ahora ves las lascivas miradas, los piropos maltrechos, ninguno están a su altura.
Él es una quiebra en tu porqué.
Él es lo más cerca de tu alma.
Él es la belleza de la oscuridad, de la luz.
Es lo que tiene no curar ni cerrar las heridas.
Es lo que tiene ser el pasado eterno en un ahora cruento.
De repente, caminando por la calle, en un despiste, en un mirar sin querer hacia un lado, viste sus ojos, su pelo, su mirada perdida.
No puede ser él.
Pero fue una ruptura en el espacio tiempo, creíste ver algo, pero, realmente, quisiste verlo a él.
Notaste cómo tu corazón se aceleraba y te miraste en el espejo del coche, seguías siendo tú, pero su mirada estaba clavada en tu estómago.
El corazón palidece y es traicionero cuando los olores nos recuerdan el pasado, las voces eternas que asustan a la madrugada, el fluir constante de la sangre en la vida.
Te dices que la vida sigue, a pesar de él, aunque él esté aún en todas las cosas que ves, piensas y observas.
Aunque él esté en cada libro, en cada rincón, en cada sonido.
Es lo que tiene no aceptar la muerte.

Un abrazo.

Anuncios