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… siempre fue ella, siempre estuvo presente en tu vida.
Cuando veías a otra por la calle, era ella. Una constante, un leit motiv, un recurso obligado, una experiencia marcada, una seducción constante.
Haciendo memoria, desde aquella vez, ella era el presente.
En esos otros labios, en esos otros momentos, otras camas, buscaba algo de ella.
Su olor, su sabor, su eternidad.
Una cama y unas sabanas y siempre la buscaste.
En las canciones que escuchabas, en la vida que veías, en el mar.
Y siempre fue injusto para ellas.
Ellas en ti veían a uno entero, a uno original y sincero que tendía sus brazos y sus abrazos y se derramaban como ojas en flor tras el rocío.
Pero ellas no eran ella.
Siempre supiste que ellas entregaban sus más preciados paisajes y sus ternuras infinitas, sus lágrimas y descontentos, felicidades y tristezas.
Pero ellas no eran ella.
Buscabas el amor en cada una de sus pieles, en sus pechos, en sus labios llenos de besos.
Pero ellas no eran ella.
En la dedicación constante de lo que su búsqueda era, dejabas atrás flores marchitas, llantos y recuerdos.
Algo de tu pasado no conseguía hacer pasar la vida y buscar la nueva sustancia que conforma el viento.
Porque en el viento no estaba ella.
Es lo que tiene no curar ni cerrar las heridas.
Es lo que tiene ser el pasado eterno en un ahora cruento.
En tus noches de soledad gritabas su nombre, olías sus camisas, revivías sus momentos y sus palabras llenas de amor.
En las veces en las que te compartías buscando esos retazos de amor tan necesarios para no caer en la desesperanza de la soledad, dabas pleno consentimiento a tus caricias imaginar que eran su cuerpo.
Pero no eran el de ella.
Siempre fueron ella y nunca lo fueron.
Si bien es cierto que es el tiempo el que cura las heridas eso significaba quedarte sin ella.
Ya que tus heridas eran lo único que te quedaban de ella, lo que te hacían seguir vivo y sintiéndola.
Tus cicatrices son su único recuerdo, ese vínculo extraño y místico que haces que creas que ella aún te pertenece, es tu dolor y tu refugio.
No sabes dónde está ella pero tu dolor, el suyo, es tuyo.
Ser feliz es no estar con ella y amar a otra sería ya no tener tu condena de desamor.
Es lo que tiene no aceptar la muerte.

Un abrazo.

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