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… algo nace… (Y todo sigue)

Hace años, en mi cumpleaños cuando cumplía 28 o 29, no recuerdo, la vi.
Le dije con gestos que se acercase, ella me dijo que no, que me acercase yo, sin mediar palabra la besé. Ahí comenzó todo.
Mi nombre, en griego clásico es “Regalo del sol”.
Ella buscaba a un hombre que no tuviese un nombre común, que tocase la guitarra, y que aceptase que tuviese hijos.
En medio de aquellos besos le dije todo aquello que ella buscaba, mi nombre, mi música, mis intenciones.
Luego seguimos viviendo y en entre Agaete y Santa Lucía transcurrió una historia de amor maravillosa.
La amé como jamás amé antes, la amé con todas mis fuerzas, con mi vida entera, con mi corazón entero, con mi alma entera, con mi total entrega. Es así como se debe amar.
Es así como amé.
Un día su casa explotó, las lluvias y las cloacas inundaron su cocina, un día ella quiso cambiar todo y quiso expulsar todo.
Ese día hubo un eclipse de sol.
La luna me tapó, tapó mi nombre, ella me dejó.
Estuve un mes llorando, doliéndome la vida, el cuerpo, el pecho. Noté que mi corazón se rompía, que el dolor hacía presa cada uno de mis pálpitos.
Vivir se tornó más difícil, más duro, más cruento.
Tardé tiempo en que el dolor mitigase.
El día de reyes, el día de los regalos, ella me pidió volver.
Otra fecha crucial.
Los regalos.
Mi nombre empezaba a latir de nuevo, sería un nuevo regalo.
Fui más suspicaz, me costó entregarme, me costó latir de nuevo, pero lo hice.
Volví a amar, volví a entregarme. Volví a derramar mi cuerpo entero sobre sus brazos.
En primavera al cabo de algún año, ella no pudo más.
Decidió dejarme.
Esta vez la vida me dolió menos. Pero me dolió y canté “El amor no es suficiente”.
Esta vez le pedí volver.
No recuerdo que hubiese fechas señaladas, no recuerdo que las sincronías fuesen importantes esa vez.
Pero fui más prudente, más tranquilo.
Tuve claro que tenía que construirme mi castillo y ser fuerte en él.
Mi castillo interno, donde habita mi corazón, mi mente, mi alma, mi espíritu. Lo dejé fuerte.
Mi castillo externo, donde habita mi cama, mi hogar, mi cuerpo.
Lo tenía claro, cuando hubiese otro tsunami, otro temporal sabía dónde refugiarme.
Uno tiene que tener claro que ante la muerte de la relación, de una amistad, de un familiar sólo nos quedan pocas decisiones y no por ello menos importantes: aceptación y actitud.
Aceptar las cosas nos pone en el presente, tener una actitud positiva nos ayuda a vivir mejor.
¿Duele menos?
Quizás no.
Pero el dolor quizás, acaba antes.
Esa fue una gran lección.
Dejé las píldoras que corroían mi alma, mi mente, mi físico.
Y decidí entregarme de nuevo a ella.
Le dije: “¿Volvemos? Aún te amo”.
Ella me dijo que sí, pero poco a poco, con prudencia.
Todo se arregló.
Hubo más crisis. Todas a superar.
¿El amor lo puede todo? ¿Amor vinci omia?
De repente, sin saberlo, lo supe.
Tenía que prepararme para el siguiente golpe, mi intuición me decía: “Prepárate, pasará de nuevo, te va a dejar de nuevo”
Créeme, no era que yo tuviese eso siempre presente, no, yo vivía en función a mi amor, otra vez me entregué, la amé, le di todo pero esta vez más prudentemente.
Supe que me dejaría.
Esta vez me preparé.
Me pidió tiempo de nuevo, quería pensar.
De acuerdo, sin remedio.
Esta vez, durante todo este tiempo estuve bien, tranquilo, relajado, sin ansiedad, con tranquilidad.
Y tomé mi decisión.
Le dije:
No quiero dramas, que todo se haga con paz, con tranquilidad, con cariño.
Quiero paz en mi vida, sobreviviré.
Cuando lo decidas, vienes a mi casa, hablamos, y nos damos un beso y un abrazo.
Medité, aprendí durante esa semana, el dolor nos hace fuertes.
Mi conclusión la supe.
Supe qué quería.
Me llamó para decirme que el martes ella vendría a hablar.
Le dije que de acuerdo, que hablaríamos.
Me dijo que era mejor no continuar, estuve de acuerdo.
Le dije que no me diese explicaciones, no me interesaban. Son de ella y para ella.
Me sentía bien.
Algo se estaba resolviendo.
Nos dimos muchos besos y abrazos, almorzó.
Seguimos hablando.
Me dijo que qué había yo sacado en conclusión.
“Te lo digo porque me preguntas”
Le respondí algo así:
“No busco en una mujer que sea alta o baja,
guapa o fea
lista o tonta
que tenga más o menos experiencia
que sea más o menos joven.
Busco una mujer que me ame y se me entregue”
Ella se quedó en silencio y ese silencio fue muy claro. Lo entendí todo.
Soy responsable, cuando uno acepta lo que le dan no puede quejarse luego.
Si yo acepto el amor que me dan y me conformo, he decidido.
Ella me quiso mucho, muchísimo, yo la amé mucho, muchísimo.
Aprendí que amar es ser y ser es amar.
Yo amé, y acepté lo que me dio.
No me juzgo ni me reprocho.
“No te puedo reprochar que hagas lo mejor para tu vida” Fue una de las cosas que le comenté.
Nos dimos otro beso y otro abrazo.
Y ya yo sabía después de que ella me dijese de quedar ese martes que sí era un día señalado.
Todo gira en nuestro nombre, en nuestra alma.
La luz se hace paso cuando uno está centrado.
El golpe fue menos duro porque tuve el colchón preparado.
El castillo fuerte.
Porque estaba seguro de qué quería.
Y además, ese día era importantísimo para mi cosmos.
Para mi nombre.
Para lo que yo era.
Ella me conoció cuando fue mi cumpleaños, cuando fui “Regalo del sol”.
Me dejó cuando hubo un eclipse de sol.
Me pidió volver el día de Reyes, de los regalos.
Y me dejó ese martes.
Las sincronías lo quisieron así, ella no lo sabía.
Me dejó el día de San Heliodoro.

Un abrazo.

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