Antes de nada, agradecer a los miembros de Cruz Roja Cristian y Pedro por acudir rápidamente a la llamada. Ser resolutivos a la hora de ver cómo me vendaban mi imposibilitado brazo. Pensaron y fueron prácticos en el vendaje ante un caso realmente difícil. La luxación de mi hombro fue dolorosa y aparatosa.
Agradecer a los médicos del Hospital Negrín por colocarme el hombro en su sitio de forma eficiente y a la doctora Angelina por ser tan amable y paciente.
En fin, fue realmente doloroso (Y aún me duele incluso con el hombro en su sitio) pero ya todo fue mejor.
Gracias a todos ellos.

… mientras Almudena me recordaba otros tiempos. Otros tiempos de compartir historias de ilusiones compartidas.
Su pelo rizado lo tenía recogido pero mientras hablaba conmigo lo dejó suelto en unos contínuos gestos de coquetería.
No paré de ser sincero con ella, alabando sus virtudes físicas, comentando lo que me hacía sentir de cintura para arriba y de cintura para abajo.
Ella se reía, siempre la hice reír con mis cosas.
Le comentaba en voz baja si veía a aquella chica con unas prendas pasadas de moda o a aquel chico lleno de hierros en la cara.
Ella no paraba de reírse.
Si es que los que nos hemos criado en Agaete, en medio de sus aguas y sus montañas tenemos esa cosa de ser burleteros. Es algo que he admitido a lo largo de toda mi vida.
Ella se reía.
También es cierto que le olía la boca a demasiado alcohol y a la cebolla de un perrito caliente.
Dios, se lo solté todo.
Primero me miró extrañada, yo con la boca tapada con un gesto de total arrepentimiento, su cara cambió a un cierto disgusto, pero luego, como entrando en una súbita comprensión, siguió riéndose sin parar.
Le conté todo lo que me pasaba.
Me miró seria.
Una chica a nuestro lado pasó y me dijo un piropo por encima de la música.
Le respondí que más fea y no nace.
Almudena se puso los brazos en la barriga y se agachó del ataque de risa.
El resto de la noche la pasamos hablando del pasado y riéndonos en parte por mi maldición y por parte de la cantidad de alcohol que habíamos ingerido.
El alcohol nos subió los cariños, nos tocábamos, y en estas de una canción más lenta quisimos acercarnos los labios pero me retiré.
No lo creí prudente.
Le dije que no.
Quedamos, eso sí, para tomarnos un café ya que sabía cómo quitarme esta maldición. Me miró con los ojos llenos de recuerdos y de deseos, esta vez reprimí el “A ver cuándo echamos un polvo” de rigor de toda la noche y me pude alejar y coger la guagua hasta Las Palmas.
Nada más sentarme en el asiento me quedé dormido, cuando abrí los ojos la parada que quería coger se había pasado bastante. Uno de mis dolores de cabeza post bebida me sacudió, maldije al chófer.
Me bajé y cogí un taxi.
– Buenos días, hasta Tomás Morales.
– Marchando. Qué buen tiempo hace, ¿Verdad?
– No, el tiempo es una mierda, la ciudad apesta allá por donde vaya y usted con su sonrisa de felicidad me cae mal así que por favor, no me dirija la palabra y vayamos a la dirección que le dije.
Me arrepentí de haber dicho todo eso, estaba de mal humor por la resaca, quería llegar y dormir.
Vi el precio, le pagué, cerré la puerta sin mediar palabra y entré por fin a casa.
Dormí tranquilamente eso sí, más caliente que un toro en celo pero estaba demasiado cansado para relajarme pensando, no podía ni llevarme las manos a la entrepierna a pesar de que ella pensaba por sí misma y apunta al cielo en un mirar constante.
Pensando en aquellos labios me quedé dormido.
Casi sin darme cuenta me levanto ya tarde, cerca de las 5 con un hambre voraz. Me compro un pollo asado al lado de La Plaza de Las Ranas procurando no pensar en nada.
Mi entrepierna sigue latiéndome.
Iba con la cabeza agachada, no quería mirar a nadie, no quería que mi boca me traicionase.
Pero fue inevitable.
Una mujer en este día de calor me pasó al lado, flaca, la camisa escotada con unas medidas antigravitatorias.
– Joder, ¡Vaya tetas, cristiana!
Me miró con cara de asco, normal, estas ojeras, esta planta que tengo tan ajada y lo feo de mi comentario.
Seguí adelante resignado.
Pollo asado y una de papas, en mi casa comí a gusto.
Me pongo a jugar al ajedrez on line, una de mis pasiones.
Duermo, mañana más encuestas.
Luego, con Almudena.
El lunes amaneció transparente, lleno de ruidos, mi mal humor se disipó y el café humeante sucedió al lavado de mis ojos.
El Risco de San Nicolás me espera para abordarlo con mis preguntas sobre cultura.
Tengo que terminar este estudio pese a lo que pese.
Primera puerta, una mujer mayor de color amarillo y los ojos hundidos.
No lo pude evitar.
– Está a las puertas de la muerte, debería avisar a un médico cuanto antes y a sus familiares. Lo siento.
La mujer me cerró la puerta fuertemente.
Joder.
Siguiente puerta una encuesta hecha sin problemas.
Parece que el día se me da mejor, si estoy de buen humor no esputo tantas maldades sinceras.
Necesito sexo.
Hice encuestas a muchos hombres, por suerte, así no me invadía el deseo.
Hasta que me abrió otra mujer imponente.
No quise ni mirarla.
– ¡Pero qué buena estás! Lo dije sin más, no pude evitarlo, sorprendentemente la mujer no se enfadó, me sonrió y me hizo la encuesta muy amablemente.
– Gracias por el piropo, cielo.
Me quedé realmente asombrado.
Siguiente puerta, me abrió un chico joven, abrió la puerta como esperando una visita y se tropieza con mis barbas.
Me llegó un olor mezcla de aceite requemado y orines de perros.
– ¿No limpian en tu casa? Pero qué mal olor. Puerta cerrada.
Me dieron ganas de llorar, un impulso irrefrenable me dominaba.
Siguiente puerta.
– Debería comer menos.
Siguiente.
– Dios, vaya dentadura, mi niña, lávate más a menudo, que eso tan amarillo no puede ser sano, no.
Me fui.
No puedo más.
Me encerré en casa.
Las 7 de la tarde, Hotel Madrid.
Almudena, como siempre, puntual.
Estaba imponente, se lo dije.
– Es que me pones caliente.
– Pues vaya sí que estás mal, Helio, pero no te preocupes. Tal y como hicimos hace años en nuestras iniciaciones hacia Lo Oculto, te ayudaré.
Siempre fue muy sensitiva, sé que estaba enamorada de mí, me lo dijo algunas veces y eso hizo que nos distanciásemos. Almudena admiraba mi capacidad de ser sensible con lo que me rodeaba, de saber mirar más allá, de meterme en su alma.
Siempre íbamos de dos en dos, un hombre y una mujer a las reuniones. Teníamos que llegar a compenetrarnos bien y aprender a mirar todo con otros ojos. Pero ella me comenzó a ver con los ojos que van más allá de la amistad, lo vi, pero no quise decirle nada, sólo una tarde nos dejamos llevar en una de nuestras reuniones de trabajo para encauzar el cómo descifrábamos la vida.
Todo fue sin pensar, nos aventuramos al deseo, en su casa, su entrega fue total. Sé que hice mal aún sabiendo lo que ella sentía pero no pude resistirme.
Aquella misma tarde se sinceró, me puso su corazón en una bandeja de plata pero no lo quise. No le di explicaciones.
Éramos jóvenes e inconscientes y yo era un estúpido.
Parecía que los recuerdos de aquella tarde de hace años volaba en sus palabras alegres y desenfadadas, en medio de dos cervezas.
No lo pude resistir, le eché los recuerdos a la cara.
Mudó el gesto, se puso seria, sobria.
– Lo siento Almu…
– Lo sé, lo sé, no es culpa tuya pero es que de repente volví a escuchar el ruido de mi corazón al romperse, el pasado me acaba de golpear.
– No lo puedo evitar.
– Ahora puedo aprovechar la situación. ¿Porqué me rechazaste?
– No me hagas eso… porque… porque… Por favor…
– Dime, Helio, ¿Porqué me rechazaste?
Quise resistirme pero vomité dos palabras.
– Por miedo.
– ¿Sólo por eso?
– Sí, Almu, el miedo me impidió avanzar, el miedo a serte sincero, a decirte lo que sentía en ese momento, el miedo a ti. A tu entrega, a tu dedicación y a cómo me mirabas. Me daba miedo saber que me querías desde antes que me lo dijeses. Me dabas miedo, me daba miedo. No sabía cómo encauzar mis sentimientos. Por eso me alejé de todo, de las reuniones, de los encuentros, de las charlas. No quise saber nada del Centro de Reuniones ni de lo que estábamos empezando a descubrir. Preferí dejarlo todo y dejarte a ti.
– Yo lo dejé también al poco tiempo de que dejaste de asistir, no quería verme con otra pareja masculina y comenzar a descubrirlo. Nadie podía mirar más allá como lo has hecho tú. Aún formas parte de mis sentimientos, aún estás dentro de mí.
– Pero yo no, Almu, amo a otra, sueño con otra.
– Eso vi en tu mirada, en tu sonrisa. Eso vi cuando no me quisiste besar el sábado. Es hora de que te desaparezca la maldición. Ya sabes, sólo tu pareja de trabajo puede quitarte los maleficios. Más adelante lo harás tú por mí ya que algo me está pasando, pero como siempre, tenemos que llegar hasta las últimas consecuencias sentir realmente el dolor de lo incontrolable, algo me está pasando muy grave, pero más adelante te llamaré, como hemos aprendido, todo tiene su proceso. Aún las reuniones, nuestros conocimientos del mundo, de las personas, me ayudan.
– Pero no todo es bueno.
– Lo sé, pero lo utilizo para bien. ¿Preparado?
– Sí.
En medio de todas las miradas se levanta, apoya mi cabeza en su barriga y me besa la coronilla. Sentí un ruido en mis oídos muy agudo. Me echó la cabeza hacia atrás y me lamió la frente como un perro que tiene mucha sed mientras me apretaba los testículos con cierta fuerza.
Éramos el centro de atención.
Cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo pasó.
Los abrí. Vi un billete de 10 euros en la mesa y ya Almudena no estaba.
Me sentí diferente.
Llamé al camarero, le pregunté si había visto marcharse a mi compañera de mesa. Me dijo que no se había dado cuenta. Pese a mi frustración ya no tenía la necesidad de serle sincero y ponerlo a parir por no tener más vista.
Almudena me había curado.
La llamé.
El número marcado no existe.
Me fijé en el billete, tenía escrito algo:
No me llames, Helio, pronto me pondré en contacto contigo.
Cambié el billete por otro y pagué.
La noche invadió Las Palmas y me dirigí en un silencio interno para mi casa.
Estuve tres días mal del estómago, vomitando.
Durante esos tres días tuve una dermatitis en la frente que me impidió salir a la calle.
En la coronilla me había salido mucha caspa no paré de rascarme.
Mensaje de número desconocido a mi móvil el cuarto día.
Estoy en Madrid, ven dentro de cuatro meses. Te necesitaré. El Escorial es increíble, precioso, aquí te espero el 18 de Octubre. Almu.

Un abrazo.

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