… que luego que muriese su hermanita, Gloria, quedó una tristeza aún mayor alojada en la casa.
Mi abuela la miraba aún con mayor recelo, los golpes, aunque esporádicos, aumentaban en fuerza e intensidad. Ahora desahogaba mi abuela su tristeza en su hija.
Con mayor dureza se fue instalando la tristeza e inutilidad en el alma de mi madre, las notas en el colegio comenzaron a descender hasta llegar a los suspensos.
Quería mi madre salvarse y ser libre.
Ya tenía preparada mi madre la maquinaria educativa suficiente que heredaríamos sus hijos años más tarde: tristeza e inutilidad.
Si uno no es capaz de mirarse hacia adentro, de saber qué es lo que arrastra, lo que tiene que trabajar, sus interiores, estará toda la vida cargando su maleta de miserias, sin ser responsable de ellas, sin ser responsable que luego uno la vierte e invierte sobre los demás, los más cercanos: hijos, pareja, medio…
Y sobre lo más importante, la propia vida, la propia autorealización.
No nos realizamos como personas porque: “Como lo pasamos tan mal…” nos agarramos a esa creencia anclada en el pasado que en un momento determinado nos funcionó, pero que luego dejó de hacerlo.
Es una ley, todo lo que funciona dejará de funcionar.
Mi abuela tuvo una nueva hija, le pusieron el mismo nombre que el de la fallecida, Gloria.
Mi tia creció mimada, ella fue la “niña bonita” de la casa, mi madre la tuvo que cuidar también, desde que nació, para que mi abuela pudiese hacer las labores del hogar y sus trabajos esporádicos.
Si Gloria se perdía o caminaba más rápido o no le daba la mano a mi madre, había más golpes.
En mi madre amaneció un nuevo sentir, algo que empezó a notar, resentimiento.
Un resentimiento hacia su hermana que luego duraría años y que, por supuesto, también nos transmitió a sus hijos. No tenemos buena relación con esa tia nuestra.
Mi tia se llenó de resentimiento hacia nosotros, somos hijos de nuestra madre.
Vivir con el nombre de una muerta anterior no es fácil, por las actitudes de los padres, por la carga que supone, porque pensará “¿Me moriré?”, “¿Tendré que ser lo que mi hermana muerta no fue?”.
Es algo duro y si además era el centro de los caprichos en detrimento de sus hermanas, habría que construirse con una dura coraza.
He aprendido que tener resentimientos no es bueno, que los puedo transmitir a las personas que me rodean. Debo ser responsable de mi vida, hasta el punto de saber que influenciar a los míos con esa carga es un precio muy alto.
Mi madre no fue conciente, nunca lo pudo ser.
El Valle de Agaete, crecía año a año lentamente. A mediado de los años sesenta comenzaron a verse pequeños adelantos en reposición de alimentos, nuevas adquisiciones para vender, alguna televisión esporádica y comenzó a entrar de lleno el amor.
Como ya dije, mi padre entró en la vida de mi madre, mi padre con su alegría, buen humor y su música, el centro de atención del grupo, tocar canciones de The Beatles, interpretar las canciones que sonaban en la radio… mi madre se vio envuelta en una nueva suerte de realidades que se acercaban a sus fantasías más felices.
Pero el Valle, Agaete, seguía teniendo ese clima opresivo, Las Palmas quedaba lejos, las comunicaciones terrestres no eran lo suficientemente fluidas para poder viajar a la ciudad e impregnarse del relativismo que supone conocer otras situaciones.
El valle seguía lejano y distante, lleno de esa energía que tienen los pueblos con traumas, intentando olvidar a los desaparecidos, los sufrimientos, los Derechos de Pernada de los caciques, los dueños de las tierras ricas para cultivo y que alojaban a muchos trabajadores que tenían el mensaje de salvar el presente por el sacrificio de su cuerpo, para ganar un futuro después de la muerte lleno de una felicidad y satisfacción ambiguas.
Mi madre demandaba algo más de amor, aún sin darse cuenta, por parte de sus padres, pero sólo obtenía lo que sus padres podían darle, lo que ellos habían aprendido.
Mi abuela sólo sabía tocar con golpes, acariciar con cachetadas. Mi abuelo sólo sabía tener una responsabilidad, la de alimentar a sus hijos. Hacía su trabajo bien.
Mi madre seguía refugiándose entre los libros y las radio novelas dentro del ambiente opresor de la casa grande que era San Pedro y la casa pequeña de El Lomo, donde vivían.
La vida no era fácil para una casi mujer llena de inquietudes.
Tenía que llegar a casa muy temprano aún teniendo un novio ya “formal”, en aquella casa regían las buenas costumbres del orden, la disciplina y la religiosidad.
La noche, la juventud y la religión católica nunca se llevaron muy bien.
Aquella noche quedó profundamente dormida y se vio de nuevo en el cementerio.
Entró por la gran puerta de entrada, todo estaba oscuro y sólo iluminado por unas pequeñas velas, llegó a la parte de la izquierda y vio la tumba de su adorado abuelo.
Su abuelo que le contaba historias, su abuelo el que hacía barcos dentro de la botella, el eterno marinero.
La levantaron los primeros rayos de sol y ya supo la respuesta, pero esta vez decidió estar en silencio, no decir nada, no quería volver a ver los ojos llenos de miedo y reproche de su madre.
“No sueñes, no le digas a nadie cuáles son tus sueños” Le había dicho su madre hace tiempo.
Esa frase se volvió un axioma en su vida. Casi se hace en la mía.
Murió en silencio su abuelo, el marido de Paca la de La Fonda, por la noche, en su casa, pidiéndole perdón a sus hijos por haberlos abandonado tanto tiempo, por haberlos insultado en público, mi abuelo – según me contó años mas tarde – le perdonó, pero la tristeza la llevó durante toda su vida.
La muerte es parte de la vida, es la continuación lógica del ciclo vital, pero mi madre, ya con la percepción de su experiencia llena de tristezas que cargaba, se convertía en todo un drama.
Un entierro multitudinario, Juan Luis era muy conocido y muy querido a pesar de su forma de ser con sus hijos. Le decían “El comunista”, y sus hijos tenían que crecer con esa carga paterna. Pero mi bisabuelo se dejaba querer, de todo hacía una broma y era muy generoso.
Vivir con la carga de saber quién moriría en su familia fue afectando a mi madre, era una nueva carga para su alma, un nuevo despropósito, una nueva inyección a su falta de ilusiones. Un nuevo sentimiento de culpa.
Mi madre creció al compás de la vida en San Pedro, las incursiones al amor eran cada vez mayores, crecía llena de resentimientos y los miles de ojos del Pinar de Tamadaba la juzgaban duramente.
Mi padre era alegre y fuerte, comprensivo y generoso. Construyeron en su juventud una relación de total simbiosis, mi madre necesitaba ser comprendida, querida, protegida, mi padre necesitaba proteger.
Mi madre comprendió que ser feliz salía realmente barato, la felicidad se pagaba a pocas pesetas, era fácil ir de bares con mi padre y sus amigos y amigas, formando un grupo realmente divertido y ausente de problemas y preocupaciones.
Beber primero por diversión y luego – años más tarde – para olvidar la carga de la herencia se convirtió en una rutina.
Lo aprendió mi madre de su padre que era camarero en el Bar Hermanos Medina.
Mi madre ahogaba sus miedos, sus sueños, su consuelo era muy barato.
Creo que fue en esa época cuando empezó el problema, la herencia más poderosa, lo que heredamos sus hijos.
Mi padre y mi madre comenzaron a enriquecerse con las mieles del olvido.
Muchas herencias para tres hijos.
Entre la familia se celebró la petición de manos de mi padre a mi madre.
Mi madre comenzó a vislumbrar la felicidad que le otorgaba la libertad, salir del ambiente opresor. – Luego se daría cuenta que cambió uno por otro -.
Mi padre era feliz, quería salir de su casa, de la sobreprotección, de una madre celosa de su vida.
Nada es casual, mis padres son primos lejanos.
Hoy día son madre e hijo.
Leí en el diario de mi madre, en sus últimas anotaciones, que por fin comenzaba a vislumbrar la paz que suponía salir de la casa, ir para Las Palmas a vivir, cumplir los sueños que las novelas románticas le decían: “Salvada por los amorosos brazos de un príncipe azul”.
Mi madre aprendió a no defenderse, a no enfrentarse con la vida, con sus problemas.
La tristeza vital la embargaba a pesar de todo, las cervezas ahogaban sus penas momentáneamente. El recuerdo de los golpes, de los llantos, a pesar de todo seguían ahí.
Quedó embarazada de mí.
Un nuevo sueño.
El cementerio de Las Palmas, dos tumbas, su nombre, el de mi padre, pero la sensación era diferente, no era de muerte ese sueño, no de muerte física, sobre la tumba de mi padre había una botella de ron ya vacía, sobre la de mi madre, varias cervezas.
Recuerdo a mi madre siempre llorando, triste, infeliz, crecimos sabiendo que eso era la vida.
Crecí con la herencia que supe de mi madre con palabras y sin ellas.
Años más tarde mi madre tuvo otro sueño, su madre estaba muerta en la tumba en el impertérrito cementerio de su mundo onírico.
Mi madre lo supo, hacía tiempo que no tenía sueños de muerte, sí los tenía de vida muerta.
Mi abuela murió atrapada en el olvido del Alzheimer. Necesaria enfermedad para poder vivir la vejez sin remordimientos, el Alzheimer es la enfermedad del olvido.
Otro drama materno.
Mis padres viven en El Valle de La Orotava.
Cambió un valle por otro.
Mi madre volvió a sus orígenes.
Mi padre se convirtió en su madre.
Una opresión la cambió por otra.
Se ha vuelto más valiente, sí, pero la infelicidad es una mancha negra que carga en su alma sin dejarla respirar saludablemente.
Mi madre me mandó una carta hace poco, en ella había aún más miedo, estaba llena de culpa, no sabía explicar bien su último sueño.
Siempre intenté dar consuelo a mi madre en todas sus ansiedades y procuré ser duro con ella en los momentos que hacía falta.
En el sueño que me contó vio tres tumbas abiertas de par en par, había tres esqueletos pequeños, de tres niños.
Las lápidas tenían tres nombres.
Mi nombre, el de mis hermanos.
Tenían fecha de nacimiento pero no de muerte.
Pero las tres tenían la causa del fallecimiento.
“Infancia muerta por infelicidad”.

Un abrazo.

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