… hace tiempo cuáles fueron sus sueños.
Mi madre fue educada en el tiempo en el que Agaete y El Valle, eran aún más pueblo, más mil ojos de lo que es ahora, ella era la mayor de varias hermanas y un hermano.
Se crió en medio de un valle, a un lado, el Pinar de Tamadaba bebiendo el barrio de San Pedro la lluvia de los barrancos que caían por los barranquillos.
Hasta hace unos años El Valle no tenía alumbrado público y parecía que las chubicenas aún podían verse entre los claroscuro de sus calles.
Mi madre creció bajo una estricta religión materna y bajo la responsabilidad de “Cuida a tus hermanos” y “Llega a las ocho a casa”.
Para cualquier despiste o error que una niña podía cometer el castigo era desproporcionado, brutal, por parte de la que decenas de años después fue mi queridísima abuela que murió ahogada en el Alzheimer del olvido eterno.
Crecer con golpes es duro, los golpes de la vida, los golpes de la soledad, los golpes de una niña con excesiva imaginación, sensibilidad y una opresión de fronteras familiares y geográficas. Los golpes de una madre que pensaba que golpear era la solución de la educación, su madre la enseñó así, así enseñaría a su hija.
Mi madre se refugió en los libros de aventuras, amor, poesía y allí encontraba la libertad que no le daba la realidad.
Cuidar de unos hermanos mientras la madre trabajaba, con la presión de que un error, una protesta, llegar tarde, suponían más golpes.
Crecer sin un “llegarás a nada”, con actos, con palabras, es duro porque al final uno se lo cree.
La libertad es un bien precioso que uno va ganando a lo largo de la vida.
Si uno no la tiene, si sólo la consigue con la imaginación, sólo va ganando en uno mismo pero no en realidades.
Mi madre tuvo un diario que una vez me pidió que leyese.
Se lo dije a mi abuela hace años.
– ¿Te lo dio a leer? No te creas todo lo que dice, tu madre siempre fue imaginativa, a saber las mentiras que contaba. Mi abuela me decía esas palabras con una cara de culpa como nunca le había visto. Todas las personas tenemos fantasmas ocultos que muchas veces nos sorprenden a lo largo de la vida y nos cogen sin esperarlos.
Mi abuela vio frente de sí un fantasma doloroso que agujereaba su conciencia de muchos años olvidada.
Mi madre, en la pubertad, en medio de la represión Franquista, maternal, de un padre generalmente ausente de cariño en esa tierna edad pero que había sido adorable en la infancia, fue despertando su sensibilidad hacia el medio que la rodeaba.
Vivían en una casa antigua, de dos plantas, donde muchas mujeres parieron a las generaciones posteriores y donde habían muerto generaciones anteriores.
La casa – donde vivió casi toda su vida posterior mi tio Ñico – estaba impregnada de historia, vida, muerte y silencios aterradores.
Fantasmas, estaba llena de fantasmas.
Sólo los veía una niña chica mediante la aspiración de los sueños.
Sólo los veía una niña en sueños de cementerios que presagiaban muerte.
No es fácil vivir en medio de frustraciones, ellas se quedan como herencia genética para ser heredadas por hijos.
El carácter depresivo se forja lentamente, como una gota que cae a una piedra hasta partirla durante lo largo de los años que conforma nuestra vida.
¿Cómo se forja la tristeza?
Con falta de amor, con falta de caricias, con golpes, cuando la niñez se ve truncada por una adultez prematura.
Alimentando fantasmas.
Heredar generaciones de miedos no es fácil, desde que recuerdo, desde que me pudieron contar, las mujeres de mi familia – con las que siempre me sentí intensamente vinculado – fueron criadas con golpes y una absoluta falta de amor y eso se transmite.
De mi madre no recuerdo abrazos, mi madre no los recuerda de mi abuela, mi abuela no los recordaba de su madre.
Yo los doy, no acepto la herencia.
El Valle de Agaete finalizando los años cincuenta era aún más estrecho, San Pedro tenía una plaza y un colegio en la otra punta de la calle, dos tiendas y un Tamadaba omnipresente.
Si uno mira bien por la noche, en las noches de luna llena, se puede ver la silueta de La Princesa Guayarmina dormida bajo un lecho de estrellas, su boca, nariz y pechos.
Y un pueblo tan oprimido por la Guerra Civil Española, con cientos de desaparecidos, teniendo tan presente el miedo a hablar durante la dictadura donde la iglesia y los valores de castidad, castigo y represión eran los más importantes – junto al inevitable deseo de comer – formaban un marco ideal para evitar el desarrollo de los sueños anhelados por mi madre.
Una noche tremendamente oscura mi madre se despertó inquieta debido a un sueño que le pareció extraño.
Se vio caminando en medio de un cementerio a oscuras mirando tumbas sin saber cómo había llegado y cómo.
Aún vestía el camisón de dormir y sentía el frío y el miedo recorriéndola como hormigas por su piel.
Hasta que vio el nombre de una de las tumbas y abrió los ojos a la realidad de la opresión.
Aún tenía el libro de las leyendas de Bécquer en el regazo y la luz de la vela a medio consumir.
Mi madre me cuenta que en ese momento se asustó mucho y que se lo contó a mi abuela al día siguiente luego de una noche en vela.
Mi abuela la miró con un susto palpable en los ojos.
– ¿Qué pasa mamá?
– El marido de Mela murió esta mañana. No le cuentes a nadie tu sueño, no se lo cuentes nunca a nadie, tus sueños son tuyos, sólo tuyos. Ve y ayuda a tu hermana.
Mi madre nunca realizó sus sueños.
Mi madre creció triste.
Se podía ver desde la casa de la niñez de mi madre la montaña donde años después mi tio pondría las colmenas – un día contaré cómo todas fueron devoradas por el fuego -.
Esa montaña fue importante para mí porque en la parte más recóndita, misteriosa y casi imposible de llegar, se encuentran las caras. Pero eso lo contaré otro día.
Mi madre durante buena parte de su infancia conoció la soledad de no tener más que una amiga que la comprendía, su amiga creció feliz y se hizo maestra.
Mi madre siempre quiso ser arqueóloga pero la voluntad represora del “tú no debes” y de “eres la mayor, tienes que cuidar de tus hermanos”, la falta de apoyo y motivación hicieron crecer la semilla de la tristeza que iba creciendo lenta y fuertemente, con un abono perfecto en su alma.
Cuando yo era niño recuerdo a mi madre llorar mucho e incluso llamar a su madre – como más tarde haría mi hermana – a la nada, a las habitaciones vacías, recuerdo que mi madre día sí y día no era un mar de lágrimas y yo, niño, lo veía como algo normal. Recuerdo que se cavaron los surcos para plantar la semilla de la eterna tristeza.
Las herencias no sólo son el color de los ojos, del pelo, de la piel, no, las herencias se transmiten por un conducto que es invisible y es tanto o más fuerte que la transmisión carnal.
Mi madre me comentó que el entierro del marido de Mela la hizo sentir muy triste, esa mujer era como su segunda madre, su eterna confidente, la casa era el refugio para evitar golpes y descalificaciones.
Yo aún recuerdo a Mela, una mujer siempre sonriente, alegre, entusiasta por la vida, siempre en eterno luto por su marido.
Mi madre me comentó que su asombro fue mayor cuando en el entierro, en el cementerio, la tumba de ese hombre estaba justo donde ella había soñado.
Fueron días grises y tristes en la casa donde vivió.
Estrecharon aún más lazos Mela y mi madre.
Mi madre comenzó a tener buenas notas en la escuela pero ansiaba más la libertad inmediata y salir de Agaete, de su Valle de lágrimas de San Pedro.
Mi madre conoció a mi padre, un hombre alegre, entusiasta, feliz, de Las Palmas, un hombre que le comenzó a abrir las puertas al amor, a la libertad, a sentir.
Mi madre le pidió una guitarra a su padre por reyes, mi abuelo le dijo que no tenía dinero, mi madre recuerda amargamente cómo mi abuelo le compró una bicicleta mucho más cara a su hermana.
Herencia de frustración, se continuó forjando la fuerte materia de la que está hecha la infelicidad.
Cuando viviendo con mis padres no tuve regalos de reyes y mi padre no sabía decirlo claramente dejándonos con el suspense hasta el día señalado y dejándonos despertar con esperanzas puestas, escuché las alas de los buitres esperando la carroña de mi alma muerta.
Se heredan los fantasmas, los mismos ciclos y los mismos sucesos.
Otra noche mi madre, cerca de un año después del entierro de la muerte de Mela, después de rezar el rosario durante meses seguidos para un alma que – por lo que se supone – necesitaba de las cuentas de las rosas del rosario, volvió a verse inmersa en un cementerio a oscuras.
De nuevo otra lápida, otro nombre.
Se despertó aterrada, no quería que pasase lo mismo, pero sabía dentro de su alma que iba a ser así, es una extraña certeza la que uno tiene en momentos como ese.
Esa misma noche corrió a la habitación de sus padres despertando a su madre y contando su nuevo sueño.
Madre e hija corrieron a la habitación del fondo.
Todos sus hermanos dormían plácidamente en aquellas dos habitaciones que habían acogido a muchos hermanos más anteriores y siendo ubicados de forma práctica para que todos cupiesen.
La parte superior de la casa, dos dormitorios, la parte inferior, la cocina, un pequeño baño, y un cuarto trastero.
Madre e hija, Inés y Marisa, se fijaron en la pequeña cunita.
Gloria había muerto.
La Polio acabó con su vida.
Mi madre lloró de tristeza y miedo.
Mi abuela – siempre imperturbable – agarró a su niña con los brazos, despertó a todo el mundo, avisó a los vecinos y al día siguiente se ofició el velatorio y su posterior entierro.
La misma tumba, el mismo sitio.
El mismo cementerio.
(Fin de la primera parte)

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