…mi mente retrocedió, en un intento de salvarse de la intoxicación, diez años atrás, mis amigos y yo, todos aficionados a lo oscuro de la realidad nos interesábamos por un nuevo misterio, los mensajes subliminales. Calaveras en publicidad de alcohol sabiamente escondidas entre los hielos de los vasos. Chicos jóvenes fumando entre el humo del cigarrillo de los anuncios de las revistas. Conseguimos algunos discos y al darle hacia atrás en el viejo tocadiscos de mi padre escuchamos frases extrañas insertas entre las melodías de la canción.
El presente me golpeaba de nuevo, el presentador del acto bailaba y repetía la misma frase, la misma tonada, era como si ese personaje dominase todo al que le viese.
Los dos cuernos que le sobresalían de la frente lo hicieron aún más, la capa roja se extendía sobre el escenario creciendo hacia el público muy lentamente.
Sus ojos se volvieron dos cuencas oscuras, se quitó el tanga y su pene erecto sobresalía de entre sus piernas acariciándoselo salvajemente a la vez que dos mujeres disfrazadas de monja le comenzaron a hacer una felación.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
La capa cada vez estaba más cerca, como una marea roja, de los espectadores que bailaban ya, muchos de ellos, frenéticamente.
Mi mente volvía al recuerdo de la juventud, los amigos asombrados ante los discos que escuchábamos al revés, señales extrañas en publicidad, información sobre los mensajes subliminales.
El siempre experimento de Coca Cola en el cine, un fotograma cada 25 segundos que decía “bebe coca cola” el cual no era capaz de recoger el ojo humano y aumentaron las ventas de esos refrescos.
La manta roja se acercaba cada vez más, apenas le quedaba un metro, sabía que mi mente tenía un detalle que desvelarme para mi protección.
Todos nos preguntamos, en el asalto de mis recuerdos, en aquel momento en Agaete cómo podríamos protegernos.
La respuesta se me escapaba.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
La imagen del escenario sonreía a todos y yo no paraba de grabarlo mientras sudaba como nunca en mi vida.
Los recuerdos se me confundían, me inundaban las imágenes de las monjas haciéndole la felación al ser mientras gritaba y reía con los brazos extendidos y la cabeza hacia un lado, de nuevo simulando la muerte de Cristo.
Escuchaba esa frase una y mil veces.
Orgías, castigos, fuego, la imagen de la iglesia de Agaete del purgatorio, que tanto me aterrorizó en mi infancia se me revelaba como parte de una arquitectura infernal.
El Drag sentado en un extraño trono con cientos de calaveras incrustadas mientras seres humanos, o la sombra de ellos, aullaban por el dolor del fuego.
Mi mente seguía buscando.
La capa estaba cada vez más cerca, comenzó a tocar los pies de los que estaban delante de mí y estos se metían debajo haciendo un bulto que caminaba a gatas hacia el escenario, hacia el ser.
La capa se comenzó a llenar de bultos cada vez que tocaba mis vecinos de sillas y me ofrecían la grotesca imagen de bultos rojos que se desplazaban casi sin voluntad, irreconocibles, como cajas hacia el escenario y cuando llegaban a donde estaba el dueño de sus voluntades se desnudaban y le acariciaban solemnemente.
Cada vez estaba a menos centímetros, no me podía mover, simplemente grababa todo lo que terroríficamente veían mis ojos a través de la cámara del móvil y mi mente dio un salto hacia la casa de mi abuela.
La ventana del fregadero.
Lo encontré entre las páginas de los recuerdos, como un marcador de un libro.
Me llegó la otra imagen de todos siendo jóvenes leyendo a propósito de los mensajes subliminales.
Nos explicaban que si queríamos que no nos afectase, que no nos dominase la voluntad, teníamos que hacer consciente lo que entraba a nivel subconsciente. Teníamos que descubrir qué decían las frases, una vez hecho, se volvía como un mensaje más que discriminaríamos.
El mensaje estaba en una figura puesta en la ventana de la cocina de mi abuela, la vi mil veces cuando mil veces fregué los platos.
San Pancracio portando un libro con un mensaje dentro.
La capa, como una sombra viva, estuvo a punto de pillarme los pies.
Grité fuertemente la frase de San Pancracio, el todo poderoso, el santo pantocrátor que defendía las causas buenas.
Mientras gritaba con todas mis fuerzas iba despertando uno a uno a todas las personas que estaban a mi lado, unas se levantaban, otras corrían hacia la parte de atrás del parque, la capa se comenzó a retirar mientras el ser me miraba con cara de odio.
Grité más y más fuerte, comenzó a provocar un efecto en cadena de limpieza, la frase de la pequeña figura de mi abuela comenzó a hacer efecto sobre las mentes de los que estábamos allí.
La música se apagó, el ser quitó a las mujeres disfrazadas de monja de encima suya, así como a los que lo acariciaban hipnotizados, como si no fuese más que esa la misión de su vida.
Todas las personas volvieron a su estado normal y se fueron levantando con intención de irse, se estaban despertando de un extraño sueño de bailes obscenos.
El ser sobre el escenario, que ya parecía más humano, le rodeaba un aura de maldad como nunca había visto en mi vida y me miró con el mayor de los desprecios, me habló con una voz aguda, molesta para mis oídos, como el silbido de una serpiente.
– No te librarás de mí, estaré en tus peores pesadillas, arruinaré tus planes.
Desapareció detrás de una explosión de humo, como con un truco de un mal mago.
Me marché aterrorizado dejando el Parque Santa Catalina atrás, todo el mundo hacía lo mismo, los presentadores se miraban asombrados, algo había escapado a su guión.
Esperé un taxi hacia mi casa mientras escuchaba a algunas personas hablando de lo mal que había estado la gala Drag este año, que no les gustó la representación, la encontraron demasiado violenta.
El taxista escuchaba en ese momento los comentarios por la radio de la retransmisión de la gala donde los periodistas decían que nada de lo que había pasado estaba en el guión, que no se esperaban retransmitir algo que no estuviese escrito previamente, que en los momentos en los que duró todo no sabían qué hacer, no se explicaban qué había pasado con la organización de la gala.
El taxista me hablaba consternado por cómo había sucedido todo, hablaba de la vergüenza de ver un espectáculo tan denigrante.
Apenas tuve palabras para nada.
Le pagué y entré en mi casa loco por descargar lo que había grabado en el móvil.
No se descargaron las imágenes, todas estaban borrosas, sólo quedó grabada la parte del audio y muy incompleta.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
Era lo único que pude recuperar.
Lo escribí letra a letra para que quedase constancia escrita.
El archivo de audio y video se borró del PC y del móvil, sólo me quedó la frase.
“Anob ainmo sibob ovad oge te em da etinev”, “etinev retap retson”.
Tal y como recordaba de casa de mi abuela, la frase que grité en el Parque Santa Catalina, la reproduzco:
“Venite ad me et ego dabo bobis omnia bona” “Venite pater noster”.

Un abrazo.

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