… un enclave mágico, curioso.
De hecho, poetas canarios importantes se recrearon en El Huerto de Las Flores como Tomás Morales y Saulo Torón.
Cuando uno pasea por ese jardín – que otrora fue más hermoso – se da cuenta de lo privilegiado de algunos rincones de lo que siempre fue mi pueblito.
Agaete tiene la forma de un anfiteatro y la vida en sí es teatral.
Hay una plaza central desde la cual vigila la iglesia a los niños que juegan al fútbol temerosos de que un policía les quite la pelota.
Las mañanas transcurren tranquilas, sin muchos sobresaltos, los muchos hombres ya mayores se reunen para hablar de sus cosas o – los que menos – se echan una cerveza en el bar de “El Perola”.
La plaza, en los días de calor, ofrece exiguas sombras de los árboles que tienen que podar varias veces al año para que el viento no haga desgracias.
La parte central del municipio es una calle con casas a los lados, el Bar Medina, desde siempre ha estado ahí. El Bar Medina fue el refugio de mi infancia. Ahí vivimos varios años y escuchaba la s campanas de la iglesia desde por la mañana.
A lo largo de los últimos años Agaete se ha convertido en la sombra de lo que siempre fue, ya no hay cantos por las calles, ya no hay vida nocturna en La Plaza, ya no hay juegos inocentes de aquellos que posteriormente serían universitarios y mientras todo fue bien seguían jugando pero cuando las cosas fueron mal, se convirtió en el centro de críticas de propios y ajenos.
Cierto es que el carácter de Agaete tiene por sus gentes unas costumbres muy suyas, ser burletero y criticón. Ni siquiera se hace por maldad, hemos crecido así.
Pasear a altas horas de la madrugada por el pueblito tiene un encanto peculiar.
Está todo en silencio, las paredes permanecen dormidas, no hay un solo ruido que perturbe la paz de los durmientes.
Si caminas hacia El Valle por esa carretera aún más oscura uno se da cuenta de los rincones mágicos que desprende cada metro de mis botas.
Es un pueblo de contrastes, tras la lengua de mar que lame los escarpados acantilados están las montañas más sinuosas y más arriba, más presente, más fuerte, El Pinar de Tamadaba.
Desde el recogimiento más absoluto de la Semana Santa a principios de abril al hedonismo de principios de Agosto con “La Rama”.
En medio, viento, mucho viento.
Por lo general las personitas de mi pueblo caminan tranquilas y apacibles, sin sobresaltos.
Excepto la muerte de alguien, las fiestas de los barrios o las elecciones todo anda tranquilo en la monotonía – para mi cansina – tranquila que ofrecen sus cortas y pocas calles.
A veces llegaban extranjeros para quedarse a vivir, gente maravillosamente loca, de todos los países de este mundo, de todas las razas y hacían más o menos trato con los habitantes.
Agaete siempre acogió bien al de fuera, a veces mejor era el trato que a los propios.
Al año, aparecían varios de esos locos o locas llenos de sabiduría de sus viajes y asombraban los ojos de quien quisiera escucharlos.
Nunca fui yo de meterme de primeras en medio de los círculos de gente que veían en el de afuera la novedad a la que seguir, si venían, bien, si no, pues también.
Una de las zonas más maravillosas que tiene Agaete es un precipicio al que se llegaba frente al hogar donde yo antes viví.
Es un sitio pequeño, desde el cual puedes divisar el mar, el muelle recién construido y que destrozó la naturalidad marina de Las Nieves pero que aún así tiene un encanto de luces en el atardecer irresistible.
Justo en la parte de abajo se ve el “Dedo de Dios”.
Es, era, el Dedo de Dios una monumental roca que señalaba los designios de Agaete siempre apuntando hacia un cielo generalmente azul y esperanzador hacia un futuro que muchos deseábamos.
Un poeta loco, un pintor loco, Pepe Dámaso lo bautizó con este nombre, pero creo que no lo bautizó, creo – sinceramente – que simplemente lo recordó, lo rescató de entre las arenas del tiempo. Quizás en aborigen lo llamaron de una forma parecida pero siempre las palabras “Dedo” y “Dios” estarían presente en los últimos cientos de años.
Pepe Dámaso simplemente se dejó atrapar por las impregnaciones que el tiempo deja para personas privilegiadas y, en medio de éxtasis, desvelan nombres ocultos.
Hace tiempo lo volvió a bautizar y todos lo aceptamos porque reconocíamos en ese lugar un nombre verdadero que siempre había estado ahí.
Yo miraba desde la parte del precipicio esa gigante piedra desde la cual las gaviotas hacían sus nidos.
Había una cruz en su cima, me contaron que unos insensatos lo quisieron escalar y murieron por los vientos, la fuerza de Eolo, de la naturaleza, de manos de Poseidón no dejaron conseguir su objetivo a aquellos pobres insensatos de los que nadie recuerda sus nombres pero dejaron una cruz puesta.
Frente a mi otra vivienda, desde el balcón, se podían ver a todas las personas cuando caminaban hacia Las Nieves.
Ahí fue cuando vi a uno de esos extranjeros.
Pensé que su forma de vestir era poco usual, por esa época aún bebía mis mágicas pastillas que me permitían relajar la mente aún más que los vientos que aquel día golpeaban duramente el municipio.
Pese al creciente vendabal el hombre caminaba tranquilo, casi feliz.
Sabía que se anunciaban vientos fuertes para ese día, y lo comencé a notar desde el inicio de la tarde.
Ya temblaban las farolas, se veían las ramas de los árboles caer, una incipiente lluvia, ya salir a la calle entrañaba un algo de peligro.
Grité al hombre para que tuviese cuidado pero se limitó a sonreirme mientras su pelo largo era presa de los nudos del viento y se quedó parado abriendo los brazos, dejando que el viento le golpeara cada vez más fuerte en su no muy alto cuerpo pero se veía fuerte.
– Debe estar loco. Pensé. Corrí hacia la puerta, en la parte de abajo de la casa y salí hacia donde estaba este extraño ser humano.
– ¡Venga conmigo, cada vez hace más viento! Entre a refugiarse un rato y siga el camino después hacia el pueblo.
Me miró divertido y me hizo caso sin pronunciar palabra. Vino detrás de mí hacia la casa.
– Siéntese por aquí, voy a preparar una infusión, seguro le vendrá bien. ¿No sabe que se acerca una tormenta muy fuerte?
– Sí.
Lo observé bien, ojos pequeños, oscuros, pelo largo enmarañado, incipiente barba y una chaqueta que le cubría casi todo el pequeño cuerpo.
– ¿A dónde va?
– Sólo estoy de paso en este sitio, tengo que cumplir un encargo.
– Pues vaya día para cumplirlo.
– El día es perfecto, todo depende de hoy.
Un loco más de los que vienen por aquí, no me causaba la más mínima desconfianza, sabía que no habría problemas con él.
Las luces comenzaron a fallar y Eoló soplaba cada vez con más furia las casas.
– Es maravilloso el viento, ¿No crees? La naturaleza ordena y cambia las cosas es la madre de todo lo que nos rodea.
Vaya discurso, pensé, un loco místico.
Le preparé la infusión, me fijé en sus manos, le faltaba un dedo en la derecha, su dedo índice.
– Me llamo Heliodoro. Le tendí la mano que apretó fuerte.
– Vaya, “Regalo del sol”, curioso nombre para vivir en un curioso sitio.
– Sí, bueno… mi herencia paterna, ya sabes, empeñada mi madre en postergar el nombre de mi padre. Espero no heredar también sus manías.
– No Heliodoro, tu nombre es la marca de lo que tú serás, de tu nacimiento y muerte, aprende a aceptar el dolor que arrastras desde siempre en el pecho, libérate de tus cadenas para que puedas siempre brillar con más fuerza, tienes un alma perturbada pero buena, cuídala y conseguirás grandes cosas.
Un brujo, pensé, los locos que vienen a un pueblo loco.
– ¿Tu nombre?
– También tengo un nombre que te llamará la atención, soy “Eolo” porque nací hace cincuenta años en un barco que zozobraba por los fuertes vientos.
Vaya dos, pensé.
Volví a fijarme en su mano, me horrorizaba que me pasara algo así, no poder tocar la guitarra era uno de los miedos más horrorosos que podía tener aunque nunca pensaba en ello.
Creo que captó mis pensamientos.
– Sí, lo perdí hace poco en medio de una tormenta, pero por eso estoy aquí.
– ¿Cómo?
Me sonrió.
Le serví la infusión y unas galletas que tenía aún, le puse el azúcar moreno cerca para que se sirviese a gusto.
El viento cada vez más fuerte golpeaba la casa y este tipo se llama como el Dios del viento.
Una vez terminada su infusión sacó unas cartas con unos símbolos extraños y me dio una.
Había un triángulo, como una A mayúscula pero con la base que unía los dos extremos y sobre ella se leía “Delta”.
– No salgas hasta mañana a partir de las 10 de la mañana de la casa, todo va a cambiar en tu pueblo.
– ¿Qué me estás diciendo, Eolo? ¿Qué vas a hacer?
– Tengo que cumplir algo, Heliodoro, algo inevitable, todos somos presa de un destino inevitable, irrevocable, tú tienes el tuyo que poco a poco se irá desvelando a lo largo de los próximos cinco años, el mío debe cumplirse hoy.
Hay cosas que, sinceramente, me resultan difíciles de comprender, cómo pasan ante mi vida los fenómenos más extraños de los cuales formo parte casi sin querer o como si alguien – algo, me empujase inevitablemente a ellos.
– No irá a cometer ninguna locura, ¿Verdad?
– No, la locura ya está hecha, ahora sólo falta dar la señal para que todos interpreten sus designios de la forma más aproximada posible. Nunca hay que desvelar todo como un día soleado a una flor, no, tienen que pasar cosas para que todos sintamos que se nos remueve algo dentro, cuando algo se rompe, algo tenemos que reconstruirnos, y seguir adelante, tomar las señales de la vida, del universo, como lo que son, parte de nosotros mismos.
Estar atentos, Heliodoro, estar atentos a nuestro alrededor y aprender a estar en causa con el universo, con la tierra, con los demás, con el mar, aprender a percibir la realidad desde el punto de vista de un obervador que va más allá, así encontrarás, encontraremos, otras formas de ver las cosas, de entender todo, un universo que está lleno de vida, de otras realidades, de otras percepciones que no están encorsetadas por lo limitado de nuestros sentidos.
Vive todo de forma sincrónica, Heliodoro, pide y se te dará, pide ver y verás, pide escuchar y escucharás si estás lo suficientemente atento.
Sus palabras calaban en mí cada vez más fuerte, ya había oído hablar de las sincronías, de las supuestas casualidades que nos emite la vida para que las leamos como piezas de un puzzle interno. Me había pasado anteriormente pero nadie me había hablado tan certeramente de ellas.
– ¿Quieres quedarte a dormir? Aquí hay camas de sobra, cuando pase la tormenta te podrás ir.
– No Heliodoro, ahora me tengo que ir a cumplir aquello por lo que he venido.
El viento que hasta ahora soplaba fuertemente se paró en seco, todo se quedó momentáneamente en calma.
– ¿Pero vas a salir? ¿Con este temporal?
Me señaló la carta.
– Guárdala bien, espero que con ella entiendas todo.
Se levantó de la pequeña silla de madera, cogió su mochila que cargó de nuevo a su espalda, cuando estuvo preparado me miró solemnemente, de repente me pareció más alto, más sabio.
– Espero que te vaya todo bien, cuidado con el viento, Eolo.
– Gracias por todo, todo te irá bien, lo verás, pronto cambiarás este hogar por otro, pronto comenzarás a ver las cosas de forma diferente pero aprende a perdonarte, a estar contigo mismo. Nos dimos un abrazo como dos amigos que siempre se han conocido y que se despiden para no volverse a ver.
La carta seguía aún en la mesa, el tiempo estaba en calma.
Lo vi salir por la puerta, desde que cerré con llave una tromba de agua cayó como si se hubiese contenido en los últimos cientos de años.
El viento resolpló con más furia que nunca. Se apagaron las luces de la casa. Algunas sirenas de cohes comenzaron a sonar.
Corrí hacia el balcón para ver dónde se dirigía este misterioso hombre, iba hacia el precipicio, seguía el camino que yo tantas veces hice.
“No salgas de casa hasta mañana”
Le hice caso, puse mi radio a pilas y encendí un par de velas, ya era casi de noche en aquel invierno tan fuerte.
Al cabo de dos horas escuché un ruido intenso que provenía de Las Nieves, un ruido de algo que golpeaba contra el mar mientras el viento aullaba con más ferocidad que nunca recordarían los más viejos de Agaete.
Parecía que el mundo iba a acabar, no paré de escuchar cómo el viento golpeaba la puerta de mi balcón, cómo llovía fuertemente y caían las ramas de los árboles, las farolas, latas rodando de un lado a otro.
Tenía la carta en mis manos con el triángulo y la palabra “Delta” escrita encima.
Pensé en todo lo que este hombre me había dicho de su misión, de las sincronías, de aprender a ver el mundo desde el punto de vista del observador.
Apenas pude dormir esa noche pensando en el ruido ensordecedor que había escuchado hacía unas horas, en las palabras de Eolo, en el grito cruel del viento que quería derrumbar todas las casas de este pueblo con forma de anfiteatro de casas blancas.
No dormí demasiado bien, abría los ojos a cada momento para ver qué hora era.
“No salgas de casa hasta mañana”
Sabía que tenía que hacerle caso.
Conseguí dormir unas horas hasta que los rayos de sol entraron a mi habitación, los pájaros cantaban y el temporal había remitido.
Me vestí veloz y fui a Las Nieves, curiosamente, vi a mucha gente que se dirigían hacia el mismo sitio que yo.
Un golpe de intuición me asoló a medio camino, recordé las manos de Eolo, pensé en lo que había venido a hacer aquí.
Emprendí la carrera hacia el Muelle Viejo, quería verlo con mis ojos, quería saber si era verdad, si mis premoniciones eran ciertas.
Su mano derecha, su dedo cortado, las sincronías, aprender a ver el mundo desde ese punto de vista…
Llegué al muelle, obervaba decenas de rostros tristes, jóvenes, viejos, mirando hacia el mismo sitio.
Un silencio ceremonial, no se escuchaba más que el golpear de las olas y a las gaviotas.
Finalmente dirigí la vista hacia donde todos miraban y señalaban, una tristeza recorrió mi cuerpo, cuando pude ver la señal de la que me habló Eolo.
El Dedo de Dios ya no señalaba nuestro camino hacia el cielo.

Un abrazo.

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