… fue todo un reto hace unos años, pero es ahora cuando de verdad me atrevo a contar lo que pasó.

Decidí ir a esa caminata porque Birgit estaba empeñada en ir a hacer un rito de lluvia, yo siempre pensé que el hecho de que lloviese aquí en Canarias era por causas ajenas a la voluntad humana y que el hecho de llover era producto de los factores ambientales, microclimas, vientos Alisios…
Quise ir a esa montaña por razones que yo sólo sabía.
– La montaña es un hombre, el único hombre en tu vida soy yo.
Ella se reía.
Yo sabía que subir una montaña con sus dificultades era subir las montañas de la vida, solventar las dificultades que la realidad nos imponía en sus miles de facetas.
Iniciamos el camino que en un principio parecía fácil.
Hablábamos alegremente de las plantas que encontrábamos a nuestro alrededor, pequeños descansos a cada rato, comer frutos secos para recobrar energía y una maldita mochila que cada vez pesaba más y me robaba el aire para respirar.
El cielo nos daba la bienvenida con sus eternos rayos de sol azules y apenas nubes, no hacía demasiado calor.
Cuando uno está presente en los pasos que lo llevan a otros pasos no se da cuenta del trecho caminado, del que caminó, del que queda por caminar y lo dificultoso de las elecciones que conducen a otros senderos más o menos angostos.
Habían pasado algunas horas y el camino se volvía cada vez más difícil de encontrar, sólo nos quedaba una solución. Seguir adelante. Seguir hacia arriba.
No me podía creer que aún quedase todo el trecho de la montaña y que se hubiese vuelto tan vertical, tan terrorífica.
Pero lo peor no era mirar hacia arriba, era ser conciente de que hacia abajo ya no había solución, que era imposible pensar en el pasado, en el camino que andamos para buscar nuevos caminos, había que ser conciente de que sólo nos quedaba aferrarnos al presente de la sujeción de las rocas para evitar la muerte.
Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad.
Mi pensamiento se ceñía a: “Si me agarro aquí y aquí, no me mato, si pongo la pierna aquí y luego aquí, no me mato”.
Era ya una semi escalada, así estuve durante las dos peores horas de mi vida, donde mi vida estaba en absoluto riesgo. Un paso en falso y caería por las faldas de esa increible montaña.
No veíamos mojones, no sabíamos a dónde ir, estábamos cerca de la cima pero no veíamos camino alguno donde seguir.
Me dio un ataque de pánico, me quedé sentado en el sitio y rogué que llamasen por teléfono a un helicóptero o bien a la gente con la que teníamos que haber quedado en la cima para que nos viniesen a buscar ¡Para que hiciesen algo!
Estaba a punto de llorar, el pánico me inundaba y me prometí a mí mismo que no volvía a seguir a nuestro guía aunque fuese a comprar a un gran almacén.
No quise levantarme del sitio, no hasta que llegase la ayuda. La montaña me estaba dando una lección de vida, de humildad, la naturaleza es siempre más fuerte que la voluntad humana, la montaña, la naturaleza lo domina todo y nosotros pasamos por la vida y, como el gran Heráclito decía: no veríamos dos veces la misma montaña.
La montaña cambiaba siempre, era un ser viviente que a su antojo perdonaba vidas o las mandaba al más duro infierno.
Ahí éramos extraños en un mundo de pequeñas criaturas que vivían plácidamente y nosotros invadíamos su terreno.
Yo no quise seguir caminando.
– ¡Estamos aquí! La gente que había llegado a la cima nos llamó y nos indicó el camino a seguir, un pequeño sendero oculto por rocas caidas y plantas.
– ¡Están locos! ¿Cómo se les ocurre ir por la parte más peligrosa de la montaña?
Dios… Sacamos fuerzas de nuestros miedosos corazones y vimos el camino final hasta la cima.
Cuando pisé la tierra firme que me ofrecía la cima del mundo de Horgazales me faltó poco para besar su tierra.
El conjunto que se me ofrecía era realmente hermoso, justo en frente nuestro, el mar que lamía el barranco de Güi-Güi parecía un conjunto descrito por el mejor de los poetas.
Horgazales era la montaña sagrada de los aborígenes, estaba todo lleno de pequeñas minas de obsidiana desde donde sacaban “lascas” para cortar sus vestidos o la carne.
Tenían que entrar a las minas acostados, sólo cabía un hombre, sé que muchos perecieron por derrumbes.
Pero mi vista se centró curiosa en uno de los descubrimientos más grandes que mi vista había desvelado.
Círculos en el suelo, grandes, pequeños, hechos con piedras perfectamente alineadas unas al lado de otras de apenas unos cincuenta centímetros de altura y con una puerta orientada hacia el norte.
Mis abuelos estuvieron aquí, rezando, comiendo, en esta zona de tan difícil acceso, soñando, siendo felices, siendo tristes viendo cómo una tierra era cada vez más castigada por los hombres a los que no les hacía daño una pedrada en el pecho que brillaba a la luz del sol.
Justo en el límite del acantilado había un conjunto de rocas amontonadas que parecía miraban el majestuoso atardecer que se nos ofrecía, sobre las rocas una diferente, de otro color.
Yo lo miraba todo con reverencia, sabía que estaba en Lugar Sagrado.
La noche caía sobre nosotros lentamente.
Prepararon el rito de la lluvia.
Yo miré todo con mucho respeto, a pesar de no creer en determinadas cosas, quise ser prudente con mi silencio ante lo que se producía a mi alrededor.
Hacer fuego con dos palos, dejar frutas en el suelo a modo de ofrenda.
Rezar a dioses que no eran los de mis abuelos, nuestro guía se trajo su particular conjunto de dioses de sus tierras del norte de la Península.
Aún así, fui respetuoso.
Hicieron fuego después de algunos intentos.
Nos iluminábamos con las linternas y la hoguera que nos daba calor en aquella noche fria y tremendamente techada por millones de estrellas. Nunca había visto en toda mi vida una noche como esa.
No quise entrar en el gran círculo en un primer momento, estábamos a un par de metros de su puerta mientras nuestro guía seguía preparando todo para que lloviese.
Yo estaba en silencio en medio de cánticos llenos de hachís y creencias que no compartí plenamente.
Me levanté, con mi pequeña linterna me dirigí hacia el gran círculo, sentía que de alguna forma me llamaba, me invitaba a entrar y me puse en su puerta, cerré los ojos, pedí permiso para entrar, introduje mi pierna derecha, la izquierda, con los ojos cerrados y caminé ya con los ojos abiertos de derecha a izquierda, contemplando el cielo eterno de este techo de Gran Canaria. Luego de un par de vueltas dentro, miré a la hoguera.
Todo era diferente.
No reconocía a los que hasta hacía unos minutos eran mis compañeros de caminata.
El frío calaba mis huesos, me fijé bien en las piedras que hasta hacía unas horas estaban semi enterradas, sobresalían limpias, sin moho, de la tierra donde habían sido colocadas.
Miré a las personas alrededor de la hoguera, rostros toscos, narices anchas y frentes prominentes, pelos largos, sucios, y ojos pequeños que me miraban en silencio durante unos segundos y luego volvían a la hoguera.
Sus cuerpos eran fuertes, pequeños pero fuertes, comían algo que me pareció carne y estaban tapados con pieles que supuse eran, por su textura y color, de cabras.
Se calentaban con el fuego que me permitía ver en esa oscura noche sus cuerpos.
Apenas entendí algunas palabras.
El hombre del centro las pronunciaba.
– Guañoc, Achamán, Acorán.
Todos lo repetían.
– ¡Guañoc, Achamán, Acorán!
Sólo tuve oportunidad de entender esas palabras de entre todas.
Me miraron en silencio, uno de ellos se levantó y se puso frente a mí, no entró en el gran círculo, se quedó en silencio, mirando la puerta limitada por dos piedras más grandes que el resto.
Se dio la vuelta y se fue, el círculo no le había dado permiso para entrar.
Todos miraron hacia el cielo que se iba nublando.
Yo seguía en silencio, mirándolos con el respeto que mis abuelos eternos merecían.
– ¡Guañoc Acorán!
Desde la oscuridad que gobernaba unos metros atrás de estos hombres cubiertos por tierra seca en sus hombros y piernas, cubiertos por pieles de cabras aparecieron otros portando un cuerpo, cogieron algunos de ellos algunas ramas ardiendo y se dirigieron hacia el cúmulo de piedras, entonando algo que no podía entender, lo metieron dentro de las piedras y lo terminaron de cubrir, otro, ceremonialmente llevaba una piedra diferente y cuando el cuerpo fue cubierto la puso encima.
– ¡Guañoc Acorán!
El cielo se cubrió completamente con nubes grises.
Todos se levantaron y se fueron.
Comenzó a llover de una forma estrepitosa y todo se quedó en la oscuridad apagada de las hogueras, no podía distinguir nada salvo escuchar unos pasos que se alejaban mientras mi cuerpo estaba siendo cada vez más empapado de esa lluvia fría.
Durante un minuto todo quedó en silencio y completamente a oscuras.
Quise salir del círculo, cerré los ojos, pedí permiso, me fue dado, un pie, otro pie…
Abrí los ojos, todo continuaba como hacía un rato.
– ¿De dónde sales? Me preguntaron casi al unísono.
– ¿Porqué estás todo mojado?
Birgit, preocupada, me decía que si me encontraba bien, que durante un rato no me había visto.
– Estoy… bien…
– Ven al fuego, hace un ratito iniciamos el rito, pero todo el cielo está completamente despejado.
Yo temblaba de frío, toda mi ropa estaba mojada, todo yo estaba completamente mojado.
No hice más que estornudar y seguir en silencio, me quité la ropa y me puse una nueva, la que quería ponerme para por la noche. Dejé la siguiente a secar.
Me tapé entre varias mantas y no me separé del fuego.
Mientras, todos seguían con su ritual rezando a dioses desconocidos.
Mientras todos pedían que lloviese en medio de humos de hachís, frutas tiradas en el suelo, algunos entraban y salían del círculo, bailaban y cantaban cosas sin sentido, yo escuché a lo lejos unas voces que se alejaban por la montaña hacia lo que sería la casi extinción de una raza.
– ¡Guañoc, Guañoc, Achamán, Acorán!

Un abrazo.

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