… sobre sí mismo.
Comienza a recordar todo lo que hasta ahora ha estado tapado, oculto, difuso en las miles de paredes que construimos en nuestra mente.
Cuando los años pasan y tenemos la necesidad de hacer revisiones de nuestra vida, de nuestra forma de ser, le echamos el vistazo al origen de todo.
Así lo hice, y supe el porqué de las voces.

La casa de Las Palmas la recuerdo grande, la última del edificio en la Calle Alemania, justo al lado de una tienda donde vendían los perritos calientes más sabrosos que jamás he probado y donde comencé a aficionarme por los comics de Mortadelo y Filemón.
Lo que más me gustaba de ese piso era la azotea, desde donde podía mirar toda la calle y confundía las otras azoteas con barcos varados.
Me quedaba solo en la habitación mientras mi padre trabajaba y mi madre veía tv, mis hermanos estarían con ella.
– Helio. Escuchaba desde lejos.
– ¿Qué mamá?
– ¡Yo no te he llamado! ¿Qué quieres?
Otra vez en mi silencio, extrañado, juraría que había escuchado a mi madre llamarme.
El mundo era demasiado grande, pero el mío particular se ceñía o no más allá de la acera de la calle de la cual me daba pánico alejarme.
No tenía demasiados amigos, me los inventaba, jugaba con mis juguetes yo sólo, a indios y vaqueros que me habían comprado mis padres y hacía las voces, siempre los indios eran los malos, claro, más tarde entendí quién verdaderamente había casi extinguido la Nación India.
Siempre encontraba rincones en la casa donde esconderme y jugar a naves espaciales. Es que la primera vez que vi Star Wars dejó una profunda huella en aquella febril e imaginativa mente.
Confieso que hoy día tengo todas las pelis.
Había al lado de la habitación que compartíamos mi hermano y yo, el comedor, un agujero en la parte de abajo.
– ¿Qué estás haciendo?
– ¿Qué dices mamá?
– No te he llamado.
Otra vez extrañado, ¿Saldrían de aquel agujero las voces?
Desde aquella perspectiva no identificaba bien la habitación, veía muebles que parecían los míos pero por más que miraba cosas eran mías, cosas no.
Una vez, tras mis muchos llantos, cuando íbamos al mercado central, mis padres me compraron muchas ranas pequeñitas, cuando abrieron la bolsa todas comenzaron a saltar por la casa como locas, pocas pudimos recuperar, y aún menos se quedaron en la pecera.
En otra de mis tardes solo en plena investigación de esos bichos que se movían me quedé absorto en esos pequeños animales hasta que uno de ellos saltó en dirección a la ventana, rápidamente fui a cogerlo me subí a la silla sin reparar en que un paso en falso podía hacer que me matase.
Intenté atrapar la ranita que daba saltos, veía cómo se dirigía hacia su muerte, quería evitarlo, más cerca del hueco de la ventana.
La ranita se quedó en el pequeño trozo de muro fuera de la ventana.
Era mi última oportunidad, me encaramé algo más, la silla temblaba un poco.
– Cuidado. Escuché y casi sentí la voz detrás de mí.
Me volví, la silla cedió, mientras caía hacia el duro suelo de mi casa vi cómo la rana daba un salto y yo evitaba una segura muerte.
No había nadie tras la voz.
Cuando los fines de semana me iba a casa de mi abuela en Agaete, la casa era aún más grande, desde la azotea se veía la plaza del pueblo, el mar a lo lejos, el Roque Partido, la calle principal… Yo pasaba muchos días caminando entre los mundos novedosos que Agaete me ofrecía, un comic, mirar a la gente caminando, las casas vecinas como espacios hostiles.
– ¡Helio, baja!
Olía a comida.
– Aquí estoy abuela, ¿Me llamaste?
– No. Mi abuela me miraba detrás de sus enormes gafas, un tanto extrañada pero con una mirada que indicaba que sabía algo.
Subió rápidamente a la azotea y la seguí, miró todo con cuidado, la pequeña habitación con las bombonas de gas, había una abierta.
– Quédate ahí. Se tapó la cara con el delantal y al rato salió un poco mareada.
– ¿Quién te dijo que bajases?
– Tu, abuela, me llamaste para comer.
Revisó de nuevo la habitación, abriendo la puerta de par en par, con tranquilidad me cogió de la mano y comí hasta hartarme, las croquetas que mi abuela hacía y que nunca he probado otras iguales.
Otra vez en Las Palmas, domingo por la noche, mañana al colegio, con Ale y Gordillo.
He crecido escuchando voces, sabiendo cosas de los demás hasta que descubrí como silenciarlas.
Drogas.
Drogas baratas compradas en las farmacias de cualquier sitio, me aquietaban la mente, el cuerpo, las desdichas que dejaban cicatrices en mi espalda, en mi alma.
Pero ya no las escuchaba, ya no escuchaba la voz femenina que me advertía contra los peligros de la ciudad, de las personas, la que me decía que fuese por una calle y no por otra por razones que a veces comprendí y otras no.
Pero me estaban destruyendo, esas píldoras me estaban rompiendo la vitalidad que siempre tuve. Me silenciaban demasiado la mente, abrían puertas hacia la autodestrucción, deprimían mi humanidad.
Las voces estaban silenciosas excepto en los momentos en los que dormía y soñaba. Muchos sueños eran oscuros, demonios que me vigilaban, miedos, y una pequeña voz en el fondo que me llamaba.
– Helio… Helio…
Destrucción, muerte, mis sueños repetían siempre los mismos mensajes, centrales nucleares que explotaban, apocalipsis, terremotos, meteoritos.
Muerte y desolación.
Hasta que decidí hace cosa de dos meses enfrentarme con el mundo entero, limpiar mi vida, aceptar lo que soy, escucharme, escucharlas…
Poco a poco las sentí de nuevo, aprendí a aceptarlas como parte de mí, de mi vida.
Mi abuela, en su lecho de muerte devorada por el Alzheimer poco antes de morir se despertó, estuve muchos años cuidándola con el dolor que suponía, necesité drogarme para paliar el dolor, y las voces que me acompañaron durante tantos años y ver cómo la mujer más importante de mi vida se apagaba lenta e inexorablemente, me hablaron de nuevo.
– Ve con ella.
De nuevo hice caso a las voces, creía que mi abuela dormía pero me dijeron que fuese donde ella estaba.
– Abuela, dime, qué quieres.
Me miraba y sus ojos no miraban como otras veces a un espacio indeterminado.
– Es tu abuela Paca.
– ¿Cómo?
– Es tu abuela Paca.
– ¿No eres la Virgen de Las Nieves?
– Abuela, soy yo, Helio.
– Qué guapa es La Virgen de Las Nieves.
Volvió a apagarse, supe que faltaba poco.
Mi abuela murió tranquilamente un mes después, mientras la chica que la cuidaba lloraba de miedo y tristeza. Le dije que fuese a despedirse de ella mientras yo organizaba las llamadas al médico y la ambulancia.
Fui donde estaba ella, la cogí entre mis brazos y noté cómo murió. Me despedí.
Tuve que estar fuerte en aquel momento. Rápidamente llené un vaso con agua, disolví mis drogas y me las bebí, sí, lo necesitaba.
Ya hoy día no tomo drogas, mi vida es lo más natural posible.
Mi abuela Paca, recuerdo mi infancia, mi más tierna infancia cuando yo pasaba muchas tardes con esa mujer que debía pesar por lo menos ciento veinte kilos, que siempre me sonreía, y jugaba con ella a contarme los dedos de las manos cantando “Pico, pico, moñorico…” cuando acababa la canción, escondía un dedo y a contar y cantar el resto.
Estuve con ella muchas tardes, mucho tiempo, cuando la vida sólo era jugar en el barranco de Agaete cogiendo huesos de cabras, ir a las acequias, y llorar para que me llevasen a la playa.
Mi madre me dijo un día que mi abuela Paca había muerto, era ya muy mayor.
Me quedó una gran tristeza, era la madre de mi abuelo, cocinera del bar donde trabajaban sus hijos. Esos días estuve en Las Palmas con mis padres, hubo varios fines de semana que mis salidas a Agaete se habían acabado y me ceñían a la aburrida ciudad.
Llevo cerca de cuatro años en silencio, sin escuchar voces, acallándolas con las drogas que dormían mi vida. Huyendo de la realidad que mi alma me imponía.
Ahora, con la mente limpia, recuerdo algo que me llamó poderosamente la atención.
Frente a la habitación donde mi abuela Paca se quedaba, había unas escaleras que llevaban a la azotea, eran estrechas, muy empinadas, grises y feas, excesivamente funcionales.
Cuando tuve edad para ir yo sólo donde quisiera del limitado pueblo, cuando me gustaba ir al bar de mi abuelo para verlo trabajar y pedirle un dulce, cuando en ese momento decidí subir a la azotea y recrearme entre aquella casa vacía, toda la familia se habiá mudado a una vivienda mejor, un piso más cómodo, subí lentamente absorto en mis pensamientos miré a la habitación donde mi abuela estaba.
La vi.
Me miraba sonriéndome con aquella sonrisa de la que podía ver mil luces, mil amaneceres, pocas veces pudimos hablar en mi niñez, sólo jugábamos y me quedaba con ella, horas.
En ese momento, el cuerpo de mi abuela sentada siempre en su sofá, me miraba, aparté la vista volví de nuevo la mirada y la habitación recuperó su estado normal, vacío.
Hoy día me acompañan dos voces, Paca e Inés, mi bisabuela y mi abuela.

Un abrazo.

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