… me aclaro mejor.
Ahora voy a empezar a encajar bien las piezas de lo que me pasó ayer en los 20 minutos que duró el trayecto en guagua.
¿Se te ha ocurrido alguna vez resumir veinte minutos intentando plasmar todas las sensaciones y vivencias? Se me hace harto difícil, como no tengo pretensiones de ser escritor y sí, por lo menos, contar lo que vivo y lo que se me apetece, voy a ello pese a mi mal parado léxico.
A los dos minutos de subirme en la línea número dos que va desde Juan Rejón a Tomás Morales, escuchar música con mi walkman – eterno walkman que me da la banda sonora de la vida – veo a un señor de unos cincuenta años que incluso había logrado que quitase mi vista de unos enormes ojos azules que estaban en frente de mí (Espero que la estrella que me guía sea misericordiosa con el presente relato) para centrarme en ese hombre que me recordaba a alguien pero no caía aún…
Quizás era un poco más alto que yo – cosa no muy difícil – con el pelo canoso recogido en una coleta, ojos oscuros, vivos, escuchando música, con una riñonera en su bajo vientre y una maleta oscura colgada atrás, la mirada estaba llena de recuerdos mientras los paseaba a cada metro que el cristal avanzaba por la ciudad.
Me llamaba la atención su cara, su ropa y zapatos, todo me resultaba vagamente familiar, intentaba seguir la charla que esos ojos azules tenía con sus conocidos pero inmediatamente volvía para mirar las manos de ese hombre, fuertes, duras, con las uñas de la mano derecha bien perfiladas.
Toca la guitarra, pensé.
Movía la cabeza de forma cadenciosa al compás de su música, yo la movía al compás de Elis Regina. Volví mi cabeza hacia la ciudad veloz que pasaba ante mis ojos y todo se fue tornando de una forma un tanto desconocida, como esas veces que pasas mil veces por un sitio y de repente te das cuenta que no lo conoces, que las calles han cambiado levemente o bien no te habías fijado más.
Crucé la mirada con los ojos azules, una sonrisa preciosa.
Crucé la mirada con mi ¿Desconocido? Me miró algo sorprendido, hizo como que me conocía, creo que tuvo la misma sensación que yo.
Un día les hablaré de las sincronías, pero todo a su tiempo, hoy sólo esbozaré lo extraño que resulta el mundo desde el punto de vista del vaivén del tiempo, de la casualidad sincrónica.
No quiero perderme mucho e intentar resumir los veinte minutos desde esta mañana gris intentando mirar las cosas desde el menor asombro posible.
Noté que ese señor, con la barba bien cuidada y recortada me miraba de vez en cuando y que se tocaba la frente como en un recuerdo de algo de hace tiempo.
Otra vez mi mirada al cristal, me gusta ver cómo la gente hace su vida en la noche recién.
Pensé que el camino de la guagua había cambiado porque todo era realmente diferente, una parte de la ciudad que desconocía con edificios nuevos, brillantes, unas construcciones realmente fascinantes, incluso los coches tenían unas carrocerías novedosas, hasta ahora no vistas por mí. No es que entienda demasiado del Mundo del Motor, como mis amigos Pepe y Jorge pero sí me llamaba la atención el diseño, los colores, la novedad.
Incluso en algunos carteles publicitarios se anunciaban cosas que jamás había visto en televisión.
¿Estaré por la zona más nueva de la ciudad, la de más dinero?
En fin, todo tenía una leve familiaridad así que no me preocupé por el trayecto de la guagua.
Esos ojos azules repararon en los míos, – cansados – y los del tipo en cuestión, me miró realmente extrañada y miró a su izquierda y precibí una extrañeza y desaprobación en esos ojos.
Nunca entenderé porqué las guaguas amarillas tienen asientos unos frente a otros, me resulta algo incómodo.
Podía ver al hombre que a la izquierda de esa linda mujer y frente a mi derecha, estaba algo nervioso.
No tiene anillos en la mano ese hombre, los zapatos me gustan, incluso su pantalón de pana es muy de mi estilo.
A pesar de que soy menos transparente que una piedra basáltica creo que ese buen hombre era capaz de traspasarme con su mirada, cada vez que me pasa eso me pongo incómodo, pongo a buen recaudo lo que de mi alma se trate.
La ciudad en el cristal, de nuevo, todo diferente, muy cuidado.
– Qué curioso, incluso la moda de vestir se ha puesto diferente, las parejas, las personas solitarias, todos paseaban con vestimentas que se me antojaron diferentes, incluso sus móviles – o lo que yo creí que eran móviles – eran de una tecnología que no podía entender cómo se había avanzado tanto sin yo darme cuenta.
Me miró de nuevo, se tocó la frente e hizo un gesto como de “No puede ser”.
¿Porqué se habrá fijado en mi pequeña dermatitis?
Esta vez me incomodé.
Los ojos azules se enfrascó en su libro, se acabó el coqueteo.
¿Porqué me resultará tan familiar?
Creo que fue un pensamiento compartido en ese momento.
Su cara de la cual despuntaba una nariz que bien podía asociar a la de los Viera en sus mejores tiempos de mis familiares narices, no saqué la nariz de los Rodríguez, no, fue de mi abuela materna.
Ya me empecé a inquietar, ¿De qué lo conozco? ¿Porqué diablos me mira de esa forma tan… peculiar?
Sonrió para sí, creo que llegó a la conclusión de saber de qué me conocía, creo que a su mente llegaron una suerte de recuerdos que le aquietaron la curiosidad y me miró de la forma más serena que nadie jamás me había mirado.
Su cara se iluminó, sonreía de forma apacible y un tanto irónica con el tiempo, el momento, como si se preguntase a sí mismo ¿Cómo no podía haber pasado esto?
Esta vez me miró sin tapujos pero con la total certeza de saber quién era yo y cuándo me había conocido.
Parece que me preguntaba con la mirada ¿Es que no me conoces?
No sabía dónde enterrarme.
Seguía sonriéndome con ese matiz de saber algo y no querer compartirlo.
La ciudad seguía manteniendo ese matiz extraño, irreconocible, los coches, sus gentes, parece que el tiempo había dado un salto hacia adelante en sólo esta parte de la ciudad.
Intuía por el tiempo que quedaba que ya faltaba poco para la parada justo en frente del sitio donde vivo.
Por más que buscaba en los pliegues de mis recuerdos no acertaba a ubicar esa cara, ojos, nariz…
Y para mí olvidar una cara es difícil.
Claro que a estas horas de la mañana sé quién es, no podía ser menos.
Ahora, aquí sentado y escuchando a The Beatles recién terminado el café compartiendo con ustedes mis más extraños retazos de meta realidad que atisbo en cada una de mis letras, tengo la certeza de saber quién es.
Por eso ahora sonrío.
Se quitó la coleta y su pelo se tornó un poco salvaje, pero bien recortado.
¿Ni así me conoces? Parecía que me preguntaba con su mirada.
Me fijé aún más en su boca, su sonrisa era serena, calma, pero con un matiz de autocomplacencia, de saber claramente quién era yo, que me estaba resultando frustrante.
Veía mi parada ya cercana, la ciudad a través de los cristales volvía a su forma habitual, las mismas casas, los mismos coches de siempre.
Penúltima parada, los ojos azules se bajaron mirándome primero a mí, luego a él y pude ver una gran perplejidad en su cara.
Quedan como dos minutos para mi parada y aún no sé quién es, no me atrevía a preguntarle, había algo que me lo impedía, una ley física, inviolable, no era vergüenza, no, era un impedimento que iba más allá de mi voluntad.
Nos quedamos mirando, casi a la vez tocamos el timbre de la parada, sólo queda un minuto.
Ahora, desde los recuerdos más frescos y una noche más o menos insomne, un café que me despertó finalmente, tengo la clara certeza de que todo pasa porque tiene que pasar, que la realidad a veces nos confunde hasta el paroxismo, que el tiempo, el espacio, se conjuran para darnos una lección de vida, de humildad, de que no todo es racional y que se nos escapan muchos datos para explicar lo que recogen los sentidos.
La guagua iba cada vez más lenta, un semáforo en rojo.
En breve me bajaría pero con la frustración de no saber porqué no podía hablarle y quién era.
Nos pusimos en pie para bajarnos, un poco más alto que yo, sí, no demasiado, su nariz…
El pelo gris que caía por su cara tapaba apenas su cara llena de certeza y satisfacción.
Empezó a reirse, el semáforo estaba en verde.
Yo estaba – literalmente – con la boca abierta y con cara de estúpido.
En nada nos bajábamos.
Este hombre no paraba de reirse.
Apagué a Elis Regina casi resuelto a preguntarle porqué se reía de mí de esa forma.
Sus risa me resultaba horriblemente familiar.
Casi bajándonos ya a la acera, con la guagua parada, escuché una voz femenina.
– ¡Helio, estoy aquí!
Me bajé de la guagua, todo tenía un matiz de ser diferente, extraño, sentí una opresión en el pecho, estaba realmente nervioso.
¿Quién era la que me llamaba?
Miramos los dos al mismo sitio mientras él se dirigía al origen de la voz, riéndose, yo estaba quieto, mirando cómo se acercaba a esa hermosa mujer cuyos rasgos se me parecían a…
– No, no puede ser.
Me miró ya sin risas con una serenidad que parecía decirme “Todo está bien”.
Se abrazó a la hermosa mujer y se montó en su coche para desaparecer mientras la ciudad recobraba su color nocturno normal y las estrellas seguían en su sitio.

Un abrazo.

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