… vivía con nosotros.
En aquella mañana de mis recién cumplidos veinte años.
Mi tio “Ñico” siempre fue colmenero en El Valle de Agaete, vivió casi toda su vida rodeado de abejas y la inhalación de humos para ahuyentarlas, que no muriesen demasiadas y así poder sacar la riquísima miel.
Muchas veces castramos las colmenas con mi padre y mi hermano (Mi hermano fue el que vivió realmente con mi tio) y yo iba siempre a regañadientes, quizás porque me obligaban y yo detestaba levantarme temprano, pasar frío, escuchar el zumbido de miles de abejas a mi alrededor y que probablemente me picasen.
El hombre vivía solo salvo las veces que mi hermano lo acompañó pero ya se hizo demasiado mayor para valerse por sí mismo, enfermó y mi madre tuvo que cuidarlo en casa, muchas veces tuve que compartir la habitación lo cual, la verdad, no me gustaba demasiado.
Después de algunas de sus complicaciones en su ya muy delicada salud fue a la clínica, estuvo un tiempo y al volver me asombré de verlo tan flaco.
Mi tio siempre fue un hombre saludable, alto, con su inconfundible sombrero. Les confieso que las antiguas señales de peatones, en las que se veía a un hombre cruzando la calle con un sombrero y una nariz prominente – nariz que heredé por parte de mi abuela y tios abuelos maternos – era mi tio en el que se habían fijado para tal icono.
Cuando niños le quitábamos el sombrero y nos reíamos mucho, se enfadaba de una forma… Mi abuela nos reprendía, pero vaya que nos reíamos con eso.
Mi tio vino acompañado de una bombona de oxígeno que enchufábamos para que le diese aire, yo notaba que le ponía más potencia día a día para que el oxígeno le entrase aún más.
Así pasaron unos días hasta que una mañana, o media mañana, después de una noche de insomnio que eran muy habituales en ese tiempo escucho unos gritos.
Me levanté asombrado, un poco asustado porque la que daba gritos era mi madre.
– ¿Qué pasó? Le pregunté sin ser aún consciente de si estaba en un sueño o me había dado de bruces con la realidad.
– ¡Ñi… Ñi… Ñico está muerto! Me dijo con los ojos muy abiertos y con algunos temblores.
Me acerqué a la cama de mi tio y lo vi, sí, en efecto, muerto como la misma muerte muerta. El hombre estaba tieso cuán largo era y con la boca abierta, aún estaba el inútil aparato de oxígeno puesto en su nariz llenándo un cuerpo que no necesitaba ya nada.
Mi madre seguía dando gritos.
La habitación de mi hermana, donde yacía mi tio, era pequeña, cabía el ropero, una pequeña mesa, detrás de la puerta una bata de color rosado y la pequeña bombona de oxígeno.
Mi tio estaba en la cama, con la boca abierta, los ojos cerrados, yo en la habitación mirándolo tal era mi curiosidad por la muerte y mi madre, caminando de un lado a otro en la casa con su molesto llanto.
Entró donde estábamos mi tio y yo, bueno, estaba yo, mi tio también pero no tan yo como él mismo en su presente cuerpo.
Mi madre lo volvió a ver e hizo acopio de valor cogiendo de la bata tras la puerta – la rosada – el cinturón y lo amarró, con muchas lágrimas en los ojos, a lo largo de la cabeza del “cuerpo presente” para – como me dijo – “cerrarle las quijadas”.
Le rodeó la cabeza, ya estaba con la boca cerrada y sobre su calva se veía un nudo finamente hecho por mi madre cuyos dos restos divididos por su cara le daban un aspecto tragicómico.
Mi madre salió de la habitación llorando, le dije que fuese a casa de una vecina para llamar al médico, y yo me quedé mirando a mi tio.
Largo, sobre la cama, apagué el oxígeno, vestido con un pijama y rodeándole la cabeza un lazo rosado de una bata del mismo color que le cubrían sus mejillas casi amarillas y a cuyos lados de la cara caían los restos del cinturón de la bata.
Yo, en silencio.
Mi tio murió tranquilamente por la noche, vivió tranquilo, y en su último amanecer su cara la rodeaba un lazo rosado.

Un abrazo.

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