… que vi a un violinista.
La cara pegada al violín era puro amor, luz, sensibilidad.
La otra, oscuridad, dolor, muerte.
Cuando ejecutaba las notas el mundo se centraba en el arco, en las cuerdas, en la mitad de su cara cercana al éxtasis de Santa Teresa.
Pero la otra se diluía en la oscuridad mermada por la luz de su otro yo.
Ya era mayor, el rostro reflejaba miles de penas y alegrías, sentimientos impares, desiguales, descompensados, se leían en las arrugas de su rostro, como líneas de libros viejos, los tachones de la vida y las correcciones de un buen escritor.
Pero la vida no lo trató bien y las marcas del desamor se mudaban a cada lado de su cara cuando por su corazón temblaban las notas de una nueva música.
Terminaba el concierto y en aquel pequeño pub lleno de pintas de cerveza, borrachos melancólicos, hombres de duro trabajo y de lágrimas en los ojos, se apagaba cuando el violinista tornaba a su nube gris.
Su cara, presa de la oscuridad lejana a la madera musical, pasaba con tristeza un pequeño sombrero para pagar su comida del día siguiente y quizás, una cama y algún calor pasajero y de pago que lo consolase esa noche.
Los demás lo sabían y le regalaban las sobras en pequeñas monedas gastadas por el uso cuando la noche era aún más oscura en ese pequeño antro.
Siempre en silencio, siempre callado, siempre sordo ante las miradas…
La noche siguiente acudí a la hora en la que sabía que iba a volver a interpretar lo que desde su corazón salía, y allí estaba como siempre, a la misma hora, en el mismo rincón casi olvidado del que sólo los curiosos como yo éramos presa de los encantamientos de su música.
No me hacía falta beber demasiado, simplemente veía otra vez esa parte de su cara encendida, más iluminada que la más potente estrella desde la primera nota.
A veces podía ver una pequeña lágrima desde la otra parte de su cara.
A veces podía ver una pequeña sonrisa desde su otra mitad.
No paré de aplaudir cada una de sus piezas tristes, cadenciosas.
Alguien me dijo en una de esas noches que todas sus canciones se llamaban “Rosalyn” porque fue el amor que sumió la mitad de su vida en la oscuridad más absoluta.
Fue quién le partió el corazón en mil trozos y le golpeó duramente la cara hasta casi matarlo dejando su boca alejada de las notas en un casi rictus de muerte.
Me fijé aún más en su cuerpo, pequeño, menudo, flaco, desapercibido entre aquellos hombres de duros días de sol y lluvia trabajosos.
Me fijé aún más en su instrumento, en letras pequeñas en un costado se distinguía si no tenía demasiadas cervezas y el violín daba bien a la pequeña luz, una “R…s..l..yn”.
Supuse que una vez ella le dio la prueba de su amor.
Supuse que ella estaba alejado de su vida.
Supuse mal.
Cuando me quedé la última noche en ese pequeño tugurio, esta vez ahogando las penas de mi desamor lejano que motivó el viaje hacia ese país encantador, amanecía y vi con claridad una foto ya vieja colgada entre los dos estantes de las bebidas – que raramente se consumían – en la que podía distinguir dos cuerpos sonrientes y amantes, con amores llenos de miradas. Con sonrisas felices y amantes.
Era nuestro violinista.
Era ella, vestida después de un concierto, supuse que cantaba al lado suyo.
Me entristecí.
Salí a tropezones con la vista casi nublada en medio de aquel frío cortante de la mañana para querer descansar antes de coger mi avión de nuevo ante la rutina y el desamor.
Miré atrás, quise ver el nombre del local que felizmente había sobrecogido mi corazón, donde alojaba al violinista de la luz y de las sombras.
Fue algo grande hace tiempo, cuando una voz y un violín terminaba las noches alegremente para la gente sencilla.
En medio de aquellas calles el local del que salía tenía por nombre “Rosalyn”.
Lloré.

Un abrazo.

(Esta historia es parte real, inspirada en un viaje que Birgit me comentó que hizo en Irlanda y que vio a un violinista del que me comentaba tenía la cara dividida en dos, la que daba al violín – luz – la que no, – sombras -.)

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